3 de diciembre de 2010

INTELIGENCIA


COLUMNA BARROSO
Por Eutimio de Torres

Conozco uno de estos filósofos anónimos, que sostiene que en este mundo existe un tipo de ser humano especial, y que resulta mayoritario. Es poco inteligente –la especie mencionada-, rayando el grado de tonto, con más o menos cercanía al de tonto de baba. No llegan a ser tontos; pero casi. Disimulando bien sus carencias intelectivas y, según este filósofo desconocido, tratan de apoderarse del dominio del mundo. Es lo que entendemos como los mediocres. Gente sin ningún valor y que simulan que son inteligentes. Con horror podemos ver como gobiernan naciones, y el mundo si es preciso, o tratan de curarnos enfermedades, etc. etc.
Y es que, en estos tiempos tan sumamente contaminados, los tontos se han vuelto muy atrevidos. De tal forma que constituyen un grave peligro. No hablo de las personas con minusvalías reconocidas clínicamente, o subnormalidades diversas, a los que hay que ayudar a vivir y proteger lo más posible. Hablo de ese tonto soberbio que se agarra, como decimos por acá y, repito, lo disimula.
El filósofo anónimo sostiene que existe, por parte de los poderes establecidos, en mando, una persecución sistemática de la inteligencia. Una verdadera conjura contra las personas que son más inteligentes y valiosas como seres humanos. Lo primero que arguye a su favor es que en el mundo cada día hay más problemas y no se resuelven, sencillamente porque los responsables de hacerlo carecen de inteligencia, por lo tanto de bondad y habilidad para hacerlo. Hay una intencionada visión falsa de la persona inteligente. Se la confunde con el listo, que suele ser ese tonto babeante o ese elemento que está en el umbral de la tontuna y que lo disimula agarrándose a cualquier patraña, ideología, partido, partida, votos, o lo que sea. También se hace creer que la persona inteligente ha de ser astuta, amar el dinero y los bienes de consumo en general por encima de todo, ser obediente, adaptado al son que le toquen para bailar, ser sociable y correcto en todo, tener mucha cara dura, etc.
Como bien se sabe no existe, en este país, una asociación potente y eficaz para la protección de las personas superdotadas. Tampoco una sistemática detección en los centros docentes, ni en los lugares de desarrollo social: familia, escuela, etc. Sin embargo sí existen multitud de asociaciones, fundaciones y todo tipo de instituciones para la protección de personas con carencias intelectivas. Y nos parece estupendo. Si lo hacemos notar es por la paradoja con lo anterior. Incluso existe un mandato constitucional de protección de las personas con carencias intelectivas. No de los superdotados, lo que sí nos parece grave y agravante. Cuando éstos, en su desarrollo en un ambiente que llamamos normal, tienen pocas ocasiones de salir bien y desarrollar sus potencialidades. Que no beneficiarían a todos.
Cualquiera sabrá que las personas superdotadas, por las características propias de su condición; pero más por las condiciones que se dan en esta sociedad, suelen tener problemas graves de desarrollo, tanto con ellas mismas como con su entorno. Tal vez sea verdad lo que sostiene el filósofo anónimo: porque esta sociedad está cada vez más estupidizada, cretinizada y se persigue la inteligencia por los más, que suelen ser los mediocres, sino tontos.
Los listos (esos tontos simulados y que se agarran) tienen hoy el orden y mandato de las cosas. La escuela y centros docentes no hacen más que adoctrinar a las gentes para integrarse en este sistema socioeconómico consumista, opresor en todo, aborregado, en donde no se respetan las diferencias personales... A ser simples y callados consumidores. Y el sistema tiende a ser cada vez más estricto y tiránico en la eliminación de los valores del individuo, a favor del borreguismo estúpido. Es el problema de fondo de lo que se llama enseñanza: que no pretende el desarrollo íntegro de las personas, del individuo, sino proveer al Mercado, al Capital y al Estado de atareados, entontecidos consumidores y obedientes ciudadanos. Es el totalitarismo real en marcha. O sea, hacer carne de cañón. Por lo que busca la medianía, la mediocridad, busca consumistas y no ciudadanos con el pleno desarrollo y conocimiento de sus potencialidades, de sus sucesos y del entorno donde viven, para hacerse mejores, y mejorar el mundo como seres libres, ya que sin libertad no hay inteligencia, y viceversa. Los tontos no creen en la libertad, como es sabido de antiguo.
Bien sabido es que los superdotados intelectualmente, suelen fracasar en la escuela, en ese tipo de escuela impuesta del que hablamos, y que es el que tenemos. También terminan, la mayoría de ellos, en las cunetas de esto que llaman vida, sociedad o cómo sea. Dilapidándose, así, lo mejor que tiene la humanidad para ser feliz: la inteligencia. Podríamos citar a Einstein, u otras personas superdotadas, que lograron emerger de esa medianía, como ejemplos de fracasos escolares. Corrientes en personas de gran inteligencia, repetimos. Sencillamente porque estamos organizados para, y por, los mediocres. Todo lo que supere esa línea, por arriba o por abajo, va a parar al mismo saco. Sólo que los superdotados no reciben, por lo general, ayuda social ninguna por las desgracias que ser así les trae. Bien decía Cervantes que la inteligencia sólo granjea desdichas. Y existe, pues una gran injusticia con otros grupos sociales que son ayudados por ser como son. Y se debería cuidar ese olvido, ya que sólo la inteligencia puede solucionar los graves problemas que tenemos planteados como animales que vivimos en este planeta, cada vez más esquilmado por los tontos, y mal utilizado por los mismos tontos que se agarran, y cifran su ser en tener más, ser más, todo más… Menos tener más inteligencia. Cosa que si naturaleza no da, Salamanca no regala.
Creo que es el libro de los Proverbios el que dice que el número de los necios es tan infinito como los granos de arena de las playas. En este estado que llaman España existen cientos de asociaciones dedicadas a proteger a las personas con niveles diversos de carencias intelectivas, o subnormales, carencias físicas (ciegos, minusválidos, etc.). Nos parece fantástico. Es sospechoso, como poco, que no existan ni cinco, y muy pobres y restringidas (Cataluña, Euzkadi) que se dediquen a proteger a los superdotados, ayudarles en sus problemas emocionales, sociales, laborales… Contra la mediocridad reinante que los machaca.
Por ello, cada día mas, tener un hijo superdotado es mucho más terrible que lo contrario. Generalmente los superdotados fracasan en la escuela casi siempre, que es el primer lugar donde se miden con los tontos que se agarran, y disimulados (profesores, compañeros, etc.). Aunque el listo de turno ya estará pensando aquello de si son tan inteligentes pos que se las apañen solos… Es la mediocridad y el desconocimiento de la problemática de un colectivo, que fundamentalmente sufre mucho por su forma de ser, y tiene que pedir permiso para ejercer su inteligencia. Espero que este escrito haga que se interesen más por ellos.
Cuando se tienen síntomas de mala salud, un médico inicia exploraciones en aspectos concretos del enfermo, como tomar el pulso… Eso le da unas pautas para el diagnóstico y la cura. Siguiendo esa científica forma, bien podríamos aplicarlo a este gravísimo problema social de marginación, persecución y desatención de los superdotados intelectualmente. Mucho más grave que fenómenos que airea la tele, como el de los malos tratos mujeres... Sin que esto quiera decir que no sea también lacra. Ello sería una buena forma de paliar los males que tiene esta sociedad, no muy sana, en la que vivimos. Dar la oportunidad a la inteligencia de tomar riendas de solución de esos problemas. En eso estriba nuestro futuro más inmediato. Aunque es muy posible que los tontos, con mando en plaza y disimulados, incluso ilustrados, ya tengan todo atado y bien atado. Como dijo aquel: ¡Viva la inteligencia!, frente a aquella muerte. Peor es este problema de atención a los superdotados que el agujero en la capa de ozono para la pervivencia del planeta Tierra. Que no siga la muerte igual, como dice el de la copla, el de Miami.

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