21 de octubre de 2010

RECREACIÓN

Leer es crear, o recrearse. Un acto que continúa el de la escritura, el de la creación, el borde donde termina algo. De manera que un escritor es alguien que lanza la primera piedra, a un lago tranquilo, y esa piedra provoca ondas que los otros cogen y amplían, llevan, delimitan, agrandan, multiplican… El acto de crear, sin lectores o receptores, es como a medias, no existe. Aunque a veces el lector o recreador es el mismo que lo emite, se pone o está en dos orillas. Sin esas dos fronteras u orillas la creación no es, no vale, no funciona.

Leer estos textos de Juan José Arreola es un perfecto acto de recreación y creación de dos mundos, a partir de lo emitido por él. Cada lector es otro creador que se recrea, que se deja llevar y lleva de los textos por la mano. Y es de esta manera que propongo estos dos relatos, textos, poemas o lo que sea que Arreola emitió y publicó en diversidades de soportes, para que nos llegaran y los leyéramos, los interpretáramos, los recreáramos, o sea, cumpliéramos la intención del escritor inicial que lanza la piedra y esconde la mano.

En un abotargado mundo de lectores compulsivos de malos textos, que no admiten recreación ni recreo, que deben ser embutidos porque sí, o que son mera información de una historia cutre y cualquiera, hacer del otro polo de la labor creativa de un tipo como Arreola es todo un lujo.

EVA

Confabulario

Juan José Arreola

Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.

En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades de ese mismo jaez.

El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros estuvieran a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer, cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.

Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel periodo matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wólpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.

"En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaban ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen."

La tesis de Wólpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. "El hombre es un hijo

que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia", dijo casi con lágrimas en los ojos.

Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.

Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de

conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.

TÚ Y YO

Bestiario

Cantos de mal dolor

Juan José Arreola

Adán vivía feliz dentro de Eva en un entrañable paraíso. Preso como una semilla en la dulce sustancia de la fruta, eficaz como una glándula de secreción interna, adormilado como una crisálida en el capullo de seda, profundamente replegadas las alas del espíritu.

Como todos los dichosos, Adán abominó de su gloria, y se puso a buscar por todas partes la salida. Nadó a contracorriente en las densas aguas de la maternidad, se abrió pasos a cabezas en su túnel de topo y cortó el blando cordón de la alianza primitiva.

Pero al habitante y la deshabitada no pudieron vivir separados. Poco a poco, idearon un ceremonial lleno de nostalgias prenatales, un rito íntimo y obsceno que debía comenzar con la humillación consciente por parte de Adán. De rodillas, como ante una diosa, suplicaba y depositaba toda clase de ofrendas. Luego, con voz cada vez más urgente y amenazante, emprendía un alegato favorable al mito del eterno retorno. Después de hacerse mucho rogar. Eva lo levantaba del suelo, esparcía la ceniza de sus cabellos, le quitaba las ropas de penitente y lo incluía parcialmente en su seno. Aquello fue el éxtasis. Pero el acto de magia imitativa dio muy malos resultados en lo que se refiere a la propagación de la especie. Y ante la multiplicación irresponsable de adanes y evas, que traería como consecuencia el drama universal, una y otro fueron llamados a cuentas. (Con su mudo clamor, todavía estaba fresca en el suelo la sangre de Abel.)

Ante el tribunal supremo, Eva se limitó, entre cínica y modesta, a hacer una exhibición más o menos velada de sus gracias naturales, mientras recitaba el catecismo de la perfecta casada. La lagunas del sentimiento y las fallas de la memoria fueron suplidas admirablemente por un exptenso repertorio de risitas, arrumacos y dengues. Finalmente hizo una espléndida pantomima del parto doloroso.

Adán, muy formal por su parte, declamó un extenso resumen de historia universal, conveniente expurgado de miserias, matanzas y dolos. Habló del alfabeto y de la invención de la rueda, de la odisea del conocimiento, del progreso de la agricultura y del sufragio femenino, de los tratados de paz y de la lírica provenzal…

Inexplicablemente, nos puso a ti y a mí como ejemplos. Nos definió como pareja ideal y me hizo el esclavo de tus ojos, Marta. Pero de pronto hizo brillar, ayer mismo, esa mirada que viniendo de ti, por siempre nos separa.

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