15 de junio de 2009

MIL PALABRAS


Todavía se puede leer, o el
reduccionismo cinematográfico yanki


Un titular periodístico aparecido estos días, referente a la narrativa en nuestra lengua, no puede dejar de regocijarnos allá en lo más dentro de nuestro fuero interno. Decía, más o menos, que la crítica de New York arremetía de mala manera contra la escasa fotogenia (sic) de la novela hispana e hispanoamericana, o sea, de toda la novela que se escribe en español-castellano-o-como-se-llame. Abundando en la cuestión me entero de que son los críticos cinematográficos y literarios de aquella urbe norteamericana los que se quejan y se preguntan sobre la dificultad general de traducción de las novelas hispanoamericanas e hispanas, con motivo del estreno de la versión fílmica de la novela La ciudad y los perros, del peruano Vargas Llosa.

Digo que me regocijo. Me explico. El arte literario de la narración tiene, pese a devaneos consumistas y comerciales y trivialismos folletinescos de última hora, ofrecido como carnaza a los mass-media, plena actualidad, total validez artística en todo el sentido del fenómeno de arte: con sus creadores y receptors, autor-lector. Todavía es válido como gozo estético, como ejercicio intelectual. Que nuestra narrativa se resista a ser reducida a cine (un libro puede estar al alcance de cualquiera, un film no, sobre todo si pensamos en las ruralidades de Galicia, por ejemplo) me parece muy bien, da palmaria prueba de que es un arte irreducible a otro ¿arte?

Cuando nos enfrentamos o acometemos la lectura de una novela generamos en nuestra mente un mundo a partir de los materiales que el autor nos aporta. Pero que seguro difiere grandemente del forjado en lamente del autor, o del de la mente de otro lector. El arte literario está abierto siempre a la creación del que se le pone delante. Las caras creadas son distintas, lo muebles o los parajes. En una lectura somos soportadores de sugerencias más que de definiciones precisas y cerradas. En el cine no, allá aparece un rostro, unos tics nervisosos, una situación, un paraje, etc., y es así para todos los visinarios; los expectadores crean poco, aunque se me puede arguir que lo que aparece en la pantalla es tan interpretable como lo es la realidad, que es distinta siempre para cada uno de nosotros. Pero eso sería caer en disquisiciones filosóficas de envergadura y resbaladizas para todos. Por esos resbaladeros hace siglos que caen pensadores y no pocos se desnucan. Lo que quiero decir es que siempre es menos fijo un texto literario, menos impuesto en las mentes como cerrado y definitivo. Siempre más dispuesto como a que el lector intervenga más, más ofertado a la posibilidad creativa e imaginaria del que lee. Traducido en clave política se diría que un texto literario es más tolerante, más libre, menos autoritario, con todos los riesgos que ello comporta (así El Quijote, por poner un manido ejemplo, tiene miles de lecturas). Un film tiene una sola visión, la que aparece. Las imágenes del cine son rotundas, son tal como aparecen, más impuestas, más de-diez-millones-de-votos, más prepotente. Con esto no quiero desmerecer del cine. Es para no llamarse a engaño. De ahí que lo poderes sean más permisivos en la censura, explícita o tácita, con los escritos, porque son serpenteamente libres, mientras las imagines están ahí, nos apabullan. La mayor libertad de sugerencia del texto lo salva de las inquisiciones cuando éstas funcionan.

(Asimismo el poder suele atraerse a los cineastas y sus usos como medios de dominio rápido y eficaz. La vista engaña pero quien domina lo que se ve lo domina todo, es el Gran Hermano de 1984... NOTA DE 2009).

Que la novela hispanoamericana e hispana sea un arte para la lectura exclusivamente dice mucho en favor de nuestros creadores, en favor de su vigencia y de sus valías. Sobre todo en esta época (me viene a la memorial as novelas Farenheit y 1984, donde las imágenes dominan, con todo lo de peyorativo y de tipejo fascistoide que tiene ese vocablo de dominar). Prefiero mil palabras a una imagen. Mil palabras pueden crear mil mundos tal como enseña la Cábala judía, en clave metafórica, que Dios creó cuatro letras madres, luego de ellas el alfabeto hebreo y de la combinación de letras surgieron las palabras, y al surgir éstas inmediatamente surgieron las cosas y el universo. Mil palabras me dan mil versiones, miles de mundos en sus combinaciones. Y no sopeso por el valer en el sentido monetario y comercial que se usa en el famoso dicho de más vale una imagen que mil palabras. Las mil palabras no se pueden valorar.

Está bien eso de escribir novela que sólo se puede leer. Es un ejercicio mental arduo y arriesgado, deporte de autoconocimiento, que el ver imágenes que no nos dicen ya nada. Pueden estar reflexiones soliviantar cabezas bienpensantes y cinematográficas. No lo pretenden. Intentan comentar un suceso. Que un film necesite un guión previo, producto del arte literario, en la mayoría de los casos, no presupone que toda obra artística literaria (en este caso novelas) sean transvasables a la pantalla, como alegremente se hace, más por motivos comerciales, en puridad, que artísticos.

Si parece honesto (hablo de honestidad artística) que unas gentes del cine partan de un texto literario para crear otra cosa, al igual que un literato puede partir de un texto periodístico para narrar una novela. En eso admiraría a Buñuel.
En el desarrollo de la noticia que trae a remolque este escrito se expone y compara la novela anglosajona e hispana. La novela anglosajona es -dice- ya visual de por sí, mientras la hispana es literaria. Ahí puede estar la clave de la diferencia.

En un mundo donde prima un valor considerable darle al sentido de la vista, al juego visual y apariencial, como órgano casi exclusivo de conocimiento –o desconocimiento-, con desconsideración, sino vilipendio, de otros sentidos, no parece extraño que cabecitas pensantes –casquivanillas ellas- de una sociedad postindustrial bastante avanzada -¿en qué?- como se presupone que es la norteamericana y, concretamente a la neoyorquina, resulte insultante, incomprensiblemente e incluso chasqueante, el que no se pueda reducir a esos locos de hispanos de la escritura y a sus obras al celuloide fijo y frío. Respiro hondo y con placer. Aún nos podemos salvar por el idioma, correosos indios irreductibles a reservas con pantallas.

NOTA. Articulillo aparecido en el Faro de Vigo el 22 de febrero de 1987... Es un muestreo de la tesis que sostiene mi novela muy anterior, Reverte metamorfoseado, relativa al dominio y exterminio que se cierne sobre la cultura por parte de la gente de la imagen como único medio de conocimiento... Bueno, más que de conocimiento de come cocos y dominio o ninguneo de la libertad de conocer, ver, pensar, sentir, hacer con todos los sentidos y no sólo con la puta vista y lo visual..., en una sociedad apariencial... De ahí mia amores por La sociedad del Espectáculo y sus posturas, críticas, mis pasiones por Michel Foucauld, por tantos otros en la línea de fuego precisa sobre los manejos de los dominantes y tiranos en esta Edad Media duradera...

1 comentos:

Fauve, la petite sauvage dijo...

Aplausos a rabiar. Siempre he dicho algo parecido sobre la frase esa de la imagen y las mil palabras... pero no he escrito nunca un artículo tan bueno como éste, aunque refleja todo lo que pienso al cien por cien. Echo de menos una referencia a eso que el cine llama "miradas inteligentes"; expresión que en el cine antiguo tenía un significado pero en el actual no es más que un eufemismo del vacío y de la carencia.
Y me gusta el cine, pero el cine bueno.
Besos. Muchos.

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