8 de abril de 2009

UN GATO CALLEJERO: MURIÓ UN AMIGO

Hace unos días murió mi amigo Manolo. En esos días finales de marzo. Ando rememorando muertes y nacimientos, últimamente, como nunca. Debe ser la crisis, la época, que me ha tocao, no sé... Mi madre, siempre recuerdo, nació en marzo. Y hubiera cumplido como 83 …

Manuel Villarroel Lancharro, Manolo, que ese era el nombre para los amigos y conocidos. Tocayo por lo que me toca de segundo nombre. Cachichi, su mote castizo, por su padre, que la madre era la Clarina. Que en Llerena, como los indios de las pelis y en ancestral uso y costumbre, se ponen motes sonoros que aluden a alguna eventualidad de la primera existencia, o un hecho cotidiano o clamoroso que da ese nombre llamado mote, o se hereda, sin más, que es más certero y real que el nombre oficial y de archivos, de bautismos, pasaporte y DNI… Mote se relaciona con mot, palabra en francés, los dos de muttum latino, y éste tal vez de mudar (muto), y por lo tanto nombrar, poner mote, ¿sería como cambiar, mudar una cosa, condicionarla por el nombre/mote?, y motejar es lo mismo que nombrar, como se sabe... Sin ir más lejos tuve mis motes, de nene y joven, que no cuajaron o sobrevivieron. Uno fue el Cabezahuevo, por mi cráneo pelón de niño, braquicéfalo como buen semita sefaradí. Mis hermanos, entre familia, me decían el Güevo, que no sobrevivió, a no ser que aflore cariñosamente alguna vez, en circunstancias especiales… Otro no me conozco. Si heredara sería Campano, por mi madre, Manuela la Campana, que lo heredó de mi abuela, que creo que lo debió al sobrenombre de mi abuelo, fusilado por los nacionales en octubre del 36 y asentado como atropellado por la fuerza pública en febrero del 37, y que hace poco no constaba inscrito, y la causa de su muerte la tachan porque sacaron una ley que prohibe dar certificados literales de defunción citando la causa… Y por mi padre sería el Teja, ya que como buen albañil le llamaban El Maestro Teja… Todavía recuerdo como algunos compañeros me decían el Tejina, cariñoso apelativo del mote, que no tuvo futuro… También recuerdo que tenía buena mano para poner motes cuando era escolar, y el que la tiene magnífica para esos bautismos es mi amigo y quinto, el Pinka.

Conocí y traté al padre de Manolo, Rafael, con el que trabajé, en los inicios de mis primeras faenas laborales, tal vez con dieciocho años, en aquel almacén de selección de granos y semillas, en donde no pocos camiones descargamos al alimón, saco en hombro y la habilidad más que la fuerza para no cansarse y aguantar. Que a veces las peonadas pasaban de los 30.000 kilos cargados a costilla. El trabajo machacaba por tan poco. De él aprendí alguna habilidad en eso de cargar y descargar sacos a mano, a güevo puro que se dice. Y a desmitificar que la fuerza no vale tanto como la maña, repito, en un trabajo en el que uno no lo ve, al inicio, y sólo cree que fuerza…

Los padres de Manolo hacía años que murieron, la hermana también, y un hermano anda perdido…

Había trasteado mucho mundo en busca de la vida, del sustento, de buscar la manera de vivir. Anduvo años fuera de Llerena y volvió, a lo que sé, la última vez, de Canarias, en donde trabajó incluso en un restaurante chino, a lo que me contaba a veces. Y le creí. Recuerdo ahora, hace muchos años, por los primeros ochenta, que me lo encontré en Almendralejo, con una enorme maleta de madera, que llevaba medio vacía, a la busca de trabajo en la vendimia. Era la viva imagen del emigrante típico de las pelis, que ya entonces no existía, o creemos que no existía… Sería septiembre. Yo iba de autostop a Cáceres. A algo de la matrícula de uno de los cursos finales de carrera. Tomamos café en una bar y le acompañé a una especie de plaza en la que, por lo visto, se reunía la gente que quería vendimiar y allá venían los que buscaban vendimiadores. No había nada de eso y alguien nos dijo que era por la mañana temprano o por la tarde. Y me despedí de él, yendo a mi carretera a poner el dedo. Años después me enteré que no, que vendimiar no lo hizo allí, donde las cuadrillas estaban ya hechas, y que sí lo hizo en Villafranca de los Barros, aunque poco tiempo… Yo le dijo que allí me daba que no encontraría, y que se fuera por la Mancha, que anduve dos años antes por La Puebla de Almoradiel, y que encontré casi un mes de vendimia en Tembleque… Tiempos, costumbres.

La última vez que lo vi fue como seis días antes de su muerte, que me vendió una máscara de madera africanas (máscara y madera) por un euro. Un regalo del que no discutí el precio, y que el tiempo me ha desvelado como un recuerdo suyo, y un regalo, que, y lo digo con mucho cariño, el careto de la careta (me gusta la expresión) le da un aire de Cachichi. Aunque el recuerdo más estimado que tengo es una navajita de Don Benito con una marca suya en la cacha de madera de encina. La tengo encima del escritorio mientras escribo esto. Marcada con M hecha por él. Y antes de esa vez que me vendió/regaló el antifaz, pocos días antes, salí con él del bar en que estuvimos, y su gata, una preciosa y mansita gatita con mezcla de Angora, lo esperaba a la puerta. Recostada en la pared y al maullido cuando salimos. Le hablaba como si fuera persona y nos fuimos yendo para su calle, que da a la plaza, que la gata tenía crías en casa cercana semiabandonada y, efectivamente, en su calle andaba otro gato que era como el macho que trataba su gata, que se escondió en la casa al vernos. Nosotros tres, Manolo, gata y yo, seguimos calle abajo. Y los dejé, que me fui a la mía.

Un amigo común me dice que llevaba días enfermo, y que esos días antes no aguantaba dormir con la luz apagada, y la encendía todo el tiempo, que también la estufa estaba todo el tiempo encendida… Tal vez es que, aunque ni lo sepamos ni estemos atento, uno barrunta su muerte más de lo que parece, más de lo que creemos y no como creemos o pensamos, sino como ha de ser… Y este amigo que vivía con él me ha contado detalles de esos barruntos y certezas, y de como su gata estaba todo el tiempo con él en esos días antes. Bueno, que me dice que Manolo adoraba su gata, y a un gato que tenía también… Ya lo sabía, que pensaba dejarle a mi Gurruñau cuando viajara para que me lo cuidase, y eso había acordado con él este enero… Y de como su gata estuvo varios días maullando y venga a maullar, sin consuelo, por toda la casa, por la muerte de su amito Manolo. Hasta que se ha ido por ahí… Bueno, suponemos que andará por la casa de la misma calle, semiabandonada, en que se movía, donde la vi con su gato y los gatitos… En fin, nuevos gatos callejeros, aunque por estos pueblos los gatos a veces son de todos y acaban, de una manera u otra, siempre en alguna casa. En casa de mis padres siempre ha habido gatos. Los propios y nominales y los que venían, se arrimaban, se recostaban, se hacían… Era otro tiempo, otros usos.

Es Semana Santa. Vengo de la calle. Procesión de Jesús atado a la columna, azotado y vigilado. Talla de Juan de Mesa, artista entallador en el siglo XVII. Y de la Virgen de los Pobres, la nuestra, me dice alguien, con largo manto negro bordado en oro, pues ha salido la procesión de la iglesia de la Granada, cuando tiene costumbre salir del convento de las Claras; pero como están restaurando las pinturas de las bóvedas…
No hay tanta gente o la plaza es demasiado grande. Que lo que me gusta es la calle Zapatería con procesiones, que es única para eso por la vista estrecha y en bajada suave, o debe ser que recuerdo todos estos pasos desde ese sitio, cuando era pequeño e iba a verlas desde la plazuela Santana y me ponía en la entrada que de la calle Zapatería hay hacía la calleja de la Soledad. Y debe ser, también, que ya van quedando los recuerdos, sólo eso ya. La vida sigue.

Olvido decir que a Manolo no le quedaba casi familia. Y que cumplió el tres de febrero cuarenta y cuatro años.

2 comentos:

Esteban Trujillo dijo...

Probablemente es la entrada que más me ha gustado. Un emotivo homenaje a un amigo que se fue, un amigo que ya es de todos.
Agustín hace que la prosa se convierta en poesía.
Una vez más un sencillo relato que conmueve y que, en mi opinión, es una obra de arte.

Fauve, la petite sauvage dijo...

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