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31 de julio de 2008

LOS TIGRES DEL NORTE


Hace unos años que sigo a estos cantores mejicanos de corridos. No corridos cualquieras, sino de los comprometidos que llaman, de los que hablan de la cultura de la gente, no de la cultura del culturetariado. El corrido es composición musical y poética que entronca con la veta brava de la tradición popular de la poesía en castellano. El corrido cantó a la revolución mejicana. Es la variante mejicana del romance antiguo, una de sus muchas variantes en la amplia cultura del castellano, más allá de fronteras y estados y poderes. Los Tigres del Norte anidan en los USA, aunque se mueven, o lo intentan, por el territorio entre Méjico y su norte gringo. Como el castellano y su cultura es algo imparable frente a la cosa esa yanqui pues le ganan terreno en la calle y el tablado, que ya es ganarle.

Los corridos de Los Tigres del Norte hablan de jefes de jefes, de mando y tentetieso, de corruptelas, de trinques, de gente comprometida, de traidores, de amores contrariados, de la propia vida y la muerte por la busca de la vida en ese infierno al que los gringos y sus leyes condenan con el asunto llamado drogas. Que no es más que un uso intencionado que el sistema político y social hace para el puro y duro control social. Prohibir para crear todo un subsistema de dominio y trapicheo, castigar con ese control prohibitivo a los de abajo, a los arrinconados por el Capital y su Mercado y sus Fronteras para poner una barrera más de yugo, tiranía… Las drogas y su utilización por los poderes políticos, su regulación y prohibición no son más que un mecanismo moderno de avasallamiento y dominación. Leer a Escohotado es fundamental llegado a este punto. No se me solivianten los lectores que uno no está pidiendo el consumo de drogas, no y no. Uno pide que dejen de prohibir, porque prohibir lleva a consumir, y de calidad pésima y dañina, y a crear esas terribles mafias permitidas por el propio sistema, que prohíbe para que los de abajo se destrocen entre ellos. Que eso sólo digo. Porque la llamada droga, lo mismo que el llamado terrorismo, son meras excusas en manos de los de arriba para el control social e inquisitorial del mundo, de la gente, la última y retorcida fórmula de dominio, servidumbre y mandato de los de siempre contra los de siempre.

Y eso, sencillamente, denuncian Los Tigres del Norte. Con valentía, entrega, devoción, arte y fidelidad ante los entramados mafiosos, de poder, Capital y de Mercado. De ejemplo dos botones. Ese vídeo de El jefe de jefes, que me recuerda sin paliativos a la situación en Extremadura. ¿Cómo no identificar a Rodríguez Ibarra con ese jefe de jefes, señores, con su oficinita de por vida en la institución, pa que siempre manden los suyos, y otras influencias y tráficos? ¿Cómo no tener presente lo que sucede en Extremadura, por poner lo que conozco más cercano, con lo que narra esa canción, señores?



Aconsejo a la Plataforma Refinería NO que tenga presente estas composiciones, que tan a mano le vienen, en su lucha por los derechos y libertades, en la denuncia de esta mafia montada desde las instituciones que llaman Junta de Extremadura, con contubernio de bancos, partidos y sindicatos mayoritarios, financiación a través del trinque de la Unión Europea,por parte del emporio Gallardo, su refinería y sus enormes barbaridades caciqueras, con el servicio y mamporreo de los políticos del psoe, que han puesto todo en esa empresa y en crear ese capital oneroso a cualquier sentido.

Yo, como Los Tigres del Norte, no descanso en la denuncia de estas tretas, de estas mafias, de estos caciques de rompe y rasga, modernos, eso sí, mu modernos. Por supuesto desde abajo y con los de abajo, desde posiciones ampliamente libertarias y antiautoritarias. Como debe ser, don Ibarra, como debe ser, jefe Vara.Y lo canto y lo escribo.

De nada.

Vean, así, el primer vídeo en donde hay un perfecto monólogo de Rodríguez Ibarra en esta hora de retirada y despachito en en núcleo duro del mando, en Extremadura. Luego ese otro del terrible efecto del tráfico de drogas, incentivado por absurdas prohibiciones y, diría, potenciado por los que mandan arriba. que son los que ganan con el control social y lo otro de trinque y parte. Y finalmente la proclama libertaria ante la estupidez de los que quieren copar el llamarse americanos por antonomasia y por la cara dura. Por cierto observen esos ignorantes supinos que pronuncian Mécsico, como ellos dicen Méjico, con jota aspirada, y Tejas, con la misma jota, y no Tecsas, como suele hacer un tipo que presenta un programa sobre musiqueta yanqui en Radio3 que llama de música americana de raíz (que será cuadrada, digo yo), o algo así como americana music, ¡ya ve usted! Y cuenta con medios que programas de mucha más audiencia y calidad, e interés, cuentan. Debe ser eso del poder de la CIA en España, debe ser ese caciquismo a lo bestia y su poder...







30 de julio de 2008

VOZ DE MUJER/LAMIA


Estaba sentado, como siempre, entre sus papeles y sus viejos libros, sentado como un muerto ante la vida. Tenía los codos apoyados en la mesa, como clavados en ella, pues sus cóndilos aguzados por la costumbre se habían vuelto semejantes a garfios. El tiempo habíase hecho enormemente denso a su alrededor, y todo cuanto le rodeaba era ya tan antiguo como su sombra.
Abrió el cuaderno y comenzó a leer. Intentaba ser un lector, no el mismo que escribió aquella historia de otra época y de otra patria y de otro sol.
El texto no le satisfacía. La idea era buena, valiosa, aprovechable, sugerente y llena de encanto, como diría alguno de esos críticos que pontifican en vez de analizar. Imaginar un encuentro entre una monja de clausura y un instructor que le enseña latín a través del locutorio por el que no se ven. Y se enamoran a pesar de. El Cantar de los Cantares resonará en sus pías almas. Más de diez borradores, algunos insomnios, varias crisis de ansiedad, lecturas inspiratorias, dos aventuras amorosas. Rompió la undécima versión o visión del cuento, del relato, de la obsesión o de la historia.


Allá por mil quinientos veintiuno, sor en una comunidad de urbe imperial. Con toda la sedosa pompa y desgarrones de coloreadas nubes con que una dama de merecimientos se va a servir a Cristo en lo sacro y toda la tez alba, muy blanca, de ojos negrísimos. Perifollo y hábitos y manos nacaradas que se asoman, en un contraste grequense que más tarde pintará, por el albor y el terciopelo de las mangas que viste. Los días tardos se suceden y un hastío, una lasitud, un agobio no llenado por el leer devoto, ni por oraciones, plegarias, cantos y renuncias, tampoco por la labor conventual, poca y alargada, consigue mitigarse: Algo más necesita, requiere su ser, se precisan llenar esos vuelos que crecen y ansían. Sus días son de afanes de todas las mentes posibles que puede adoptar. Otras cabezas de su tiempo sufren deseos de nuevas tierras, anhelos de divinos amores correspondidos. Quemazones que sobrepujan medios y circunstancias. Sed de cielos infinitos y suelos feraces de oros metafóricos y reales. La madre superiora es, tan repasada ya, tan viejecita, quien tiene enfrente. Escucha con mirada pensativa hacia la escueta mesa de libros, papeles e instrumentos de escritura que ofrece un siemprevisto panorama. Acepta su intención de aprender latín. Así colmará sus ansias indefinibles que le agolpan, galopando, el pecho. Se le facilitará alguien instruido. Tal vez el confesor acepte enseñarle desde la frontera del locutorio. No podrá verlo ni ella verle. Más que contenta, gozosa y exultante, la hermana se ausenta de la celda de la madre. Pasea lo breve de la tarde en el jardincillo solazado de lo vespertino. Horacio o Las Geórgicas virgilianas. Una jornada más y llega él que, tras la reja, se sienta y apoyado en la mesa breve despliega los papeles y los textos. Dirige la palabra a una sospecha de que ella está detrás y que le oye. Leve voz, más bien medida, de pausada, le respondió a la querella. Primera declinación y verbo sum, luego otras cuestiones de principio se acometen. Un día y otro más que se suceden. Y a él la voz de ella, antojada pura y tersa, ya vistió de forma y de figura. No la ve, sus ojos jamás otearon los de ella, ni sus manos o su cuerpo entre las ropas; mas la imagina bella, hermosa mujer de porte grácil, de labios sonrosados que pronuncian palabras que se derraman hasta el mar de sus oídos en las clases de la lengua del Lacio clásica. Lenguaje que se viste de carne y de sangre de mujer que él comulga. Su voz es ella y lo acredita, más que las meras respuestas, la simple consulta a las cuestiones de estudio, más que la traducción mediocre de un pasaje de César o Tito Livio. Su voz, urbe condita, que saca de escondrijo en su magín. Fonación encarnada que emite algo más, un misterio, un no se sabe qué tras las frases pronunciadas. Ella dice lo que no dice, insinúa un mensaje en su lengua y comienza un martilleo en el cerebro, de la misma onda que el ama que le sirvió de joven, aunque es otra cosa infinitamente feroz, agudizada, de gozo que aterra. Carraspea, da por finiquita la jornada y sale, revuelo de manteo, sonar del calzado en los suelos, las calles. Cascabeleo de chiquillería y cantos procaces y benditos de un ciego a la puerta de la iglesia, un carro que sortea la calle con estruendo en los cantos del empedrado, chirrían sus maderas. Nada, ningún ruido mundanal deshace la impresión del acento de su voz. El maestro pensativo se aleja, con los ecos de ella, como olas que arropan, mantas sonoras, sus oídos que son playas de remanso de las palabras de ella, que le suben desde la garganta al centro de la mente, clavándole en los más hondo del alma. Y si recuerda gratos paisajes que vivió en su juventud norteña, son parejos a la palabra certera y tierna de ella misma quien describe los montes, bosques, sotos y verdes, riachuelos riéndose en primaveras, con contenido jolgorio por la clausura y sus respetos. Es el amor quien lo vuela. Preceptor de latín de monjas, enamorado de su voz, de la voz tras el torno. De una voz prendido. Reclamo que procede descifrar tras la insufrible tramoya parlanchina, cada día más, de lecciones. ¿Qué dice ella y qué calla? ¿Expresa que le ama? Acaso un desquicio acomete al preceptor que elucubra un amor en los matices de la voz de su discípula, en los ruidos de los pliegues del vestido al otro lado. Amorío que cada sol aumenta, se remonta a los cielos que son ya altos. Y un año va pasado desde que comenzó la enseñanza. Procura pasajes, de la lengua latina, que nombren idilios. Ya las notas de las palabras de ella están claras. Por sello, índole y natural responden tono enamorado. Sus años de confesor le dejan adivinar lo falso de lo cierto, el ruido de las nueces. Y el deseo aflora tanto al habla y es tanto el son, que los poemas amorosos están escritos en los vocablos más legos de amor; pero pronunciación les da sus contenidos. Todo es analógico, metáfora, alegoría gozosa del todo amor. La voz, la voz tras las rejas, le vuelve loco de amor, en cárcel de amor prendido. No duerme y todo es esperar a dar la clase de latín que se prolonga. El mundo, el universo, el cosmos todo se agolpa y gira en torno a un lugar que es el locutorio de un convento de la ciudad imperial. Todos los mundos le voltean furiosos vórtices, y emanan la música de las esferas, y esa música, que sólo escuchan los enamorados ciertos, es la de una voz, verbo amorosamente inflamado de amor. Femenino principio y término. Tras el monótono fluir de enseñanzas y traducciones, conceptos gramáticos, corre parejo, remembrado, otro diálogo de amor, basado en tonos, matices, y en adivinanzas tras lo hablado, tras lo oído, plus ultra de lo dicho.




Estaba sentado. Esta vez no apoyaba los codos en la mesa. No podía seguir escribiendo aquella historia tan imposible, tan intermitente, tan dudosa. No podía cerrar la puerta a aquel desierto de palabras que narraban un dilema de amor entre un preceptor y su alumna. Deseos, deseos y deseos por todos lados. Tenía que marcarse meta, dar el salto, hacer palpable, fuera de las voces, el amor en aquel universo hostil de imperio y donde no se ponía el sol. Pero desde joven jugó a perder. Era un artista, un luchador con el lenguaje que huía, en abierta retirada, de la disyuntiva que estaba creando con su arte, con ese cuento, relato o lo que fuese, si no era ya obsesión pura y dura por una voz, como el preceptor, su preceptor relatado en sus obsesiones que se repetían como un hipo, como algo incansable, angustiante, aburrido.
Pasan los días como losas. Un mes se sucede a otros. Quietos, estatuados, como miles de amantes, marmóreamente, la pareja del relato sigue su diálogo didáctico y amoroso en un locutorio, ese hablar alude a otro que a amor eleva, sube y alza. Él no pudo volver a escribir más. Le fue negado un final, a su final.




Llegó el día en el que la prensa y los medios dieron la noticia de su muerte. Se le halló cadáver en su casa. Hablaban de un escritor, medianamente conocido, encontrado en su apartamento de capital provinciana. El suceso mencionaba la muerte por inanición. En el pisito se hallaron, en la más absurda de las circunstancias, todas las guías telefónicas del país, anotadas, tachadas en algunas páginas, el teléfono descolgado y en su cara una expresión de esperanza muerta.




Un mes antes, el finado recibió una llamada telefónica. Descolgó el aparato y era ella. Su voz resultó bien conocida y bienamada. Preguntó algo y él no contestaba de pasmado, anudada la garganta. Era ella tras el locutorio, recordándole caricias, gratos paisajes vividos en su juventud norteña, y el amor ilimitado que le tiene. Balbuceó torpes vocablos, atragantados, y tras la reja de la distancia, al otro lado del hilo se cortó, actuó la parca, se fue la comunicación, la mujer colgó el aparato. Había sido una llamada equivocada, un error al marcar el número de teléfono del escritor perdedor y provinciano...



NOTA.- Los suspiros de una voz o de la voz. Una expresión curiosa ocurrida el día 11 de julio de 2003, para ir matizando este cuento, de tantos años, para ir puliéndolo.... Lo entrego esta noche aquí al lector impunemente, luego de la enésima versión...

ZERBANTIANA: ELOGIO DE LA LENGUA


A la memoria del hombre Miguel de Cervantes,
que tantísima miseria hubo de aguantar de los sabios
encantadores, en el año en que se conmemora el cuarto
centenario de la publicación de la primera parte de su obra genial,
para alimentar esos espíritus hambrientos por todo el mundo
.

Hablaba hace días con un amigo, en animada conversación, sobre canto coral, precisamente. No se sabe por qué enigmáticos caminos del discernir, no siendo el tema de la charla cerrado, dimos en parlar del lenguaje. Aunque luego aterrizamos en el canto, la voz y todo eso.

Entonces entró en un trance elevado, aunque discreto, y me contó aquello de la mitología hebrea, que narra el origen del universo, del mundo. Cómo Dios creó, en un principio de la nada, por supuesto, las cuatro letras madres del alefato judío, de cómo aquellas (llamadas letras madres) originaron las demás letras, hasta completarse. Una vez Dios dispuso de las letras las fue combinando, pronunciando, formando palabras, que al hacerse y decirse, daban lugar a las cosas, al mundo material. Por ello la versión normalizada del libro del Génesis menciona tanto lo de Y Dios dijo, y venga a decir que Dios dijo, y nos cuenta que conforme decía, así se hacía. Tampoco hace falta recordar el Evangelio de san Juan, con aquello de Al principio era el Verbo, y el Verbo se encarnó…, o sea, la palabra primordial (Verbo) se hizo realidad… Lo que mi amigo me contaba era la interpretación cabalística de la invención del mundo por la palabra, por el uso de la lengua. Una mitología que nos presenta un Dios más que creador oral y literato (por las letras) del mundo, un supremo filólogo, ya que ama a ese mundo que crea más que ninguno. No habría que recordar que filólogo significaría, etimológicamente, del griego, amante del logos, esto es del dicho, de la palabra, de la lengua, del mundo hecho con ella, por ella, para ella. Pues es mundo lo que se puede nombrar. Como dice uno de nuestros escritores geniales de ahora, Miguel Espinosa (ya muerto): el pájaro existe porque lo nombro.

Recordé luego que, continuando con la mitología de la Biblia, cuando el hombre se creía sabio y todopoderoso, como un dios, y trató de trepar a lo más encumbrado y soberbio construyendo una torre más alta. Fue precisamente ese Dios literato y filólogo quien le quitó el poder y el don de lenguas, que dan esa creencia en la que se es supremo sabio: la lengua, el don maravilloso de la lengua. Y fue que se la confundió, con lo que la torre de Babel se precipitó a los suelos desde los cielos, y sus soberbios constructores se vieron confusos, sin poder entenderse, como ícaros caídos, en una ventolera de lenguas que los perdió. Y con la pérdida de la lengua que los unía y que los entendía, lo perdieron todo y Babel fue símbolo de eso: caos, barullo, trastorno, tiberio, conflicto, maraña, baturrillo, mezcolanza, enredo, guirigay, desconcierto, lío, laberinto, barahúnda, pandemonium, algarabía, gresca, greña, pelea, pelotera, marimorena, desorden, turbación, desorientación y desconcierto.

Para arreglar todo recurrí a lo más primario que nos hace. Nuestra carnalidad hecha palabra: el cuerpo. Es evidente que el lenguaje, el hecho de tener una lengua que hablamos, ha sido posible a la evolución biológica del mono que somos, más o menos inteligente, más o menos hábil. El suceso de que podamos tener el torrente de voz, la columna de aire, que se sustenta en el diafragma/abdomen y resuena en ese esfínter llamado cuerdas vocales, es un milagro evolutivo, que, bien temperado en la boca, los labios y demás, da origen a los sonidos que forman palabras, que llenan la lengua, incluso al canto en algunos, y agradable en pocos. Sobrados son los estudios sobre el origen biológico del lenguaje. Sin esa transformación de los humanos, que de andar a cuatro patas se alzan erguidos sobre dos piernas, no sería posible que todo ese aparato fonador funcionara tan a la perfección y en tantas lenguas como en el mundo son. No se conoce ninguna cultura, ningún grupo de humanos que no hable. El habla, y por ende, la lengua es algo consustancial a la humanidad. Forma parte no sólo de su cultura o cultivo evolutivo, sino de su propia biología. Decir esta obviedad no es valetudinario. Fácilmente se olvida por esa memoria histérica que el mono tiene a veces.
Y ahora porque el mono involutivo, que los poderes quieren hacer, ha entregado todo el saber sobre estas cosas a historiadores y periodistas, dos advenedizos salidos de la decimonónica centuria para aliarse a los políticos con poder y dominar y mentir sobre pasado, presente y futuro, a fin de afianzar el dominio para siempre. Es curiosísimo que cuando hay alguna polémica sobre lenguas, sobre cualquier lengua, sobre todo con este cuento de las autonomías y esos territorios cuyos poderes políticos y de trinque, que pretenden apoderarse de las lenguas como si fueran suyas, es curioso, -repito- que jamás hable un filólogo, y siempre sale un historiador contando una de sus milongas acientíficas y de papelorios o sucesos pasado que nada aclaran sobre nada nunca, como no sea a notarios o registradores de propiedades, esos dos apéndices del poder de afañe.

Olvidamos que somos lengua, que sólo somos si nos nombramos, nos creamos y nos creemos si nos hablamos, como aquel Dios de los cabalistas, que creía si nombraba lo creado. Porque es indudable que el pensamiento no existe sin el soporte eficaz de la lengua. De tal manera que un pensar no tiene existencia si no posee una lengua, y también que no existe lengua sin pensamiento. Es la lengua quien fragua, forja, evidencia, en sus sentidos más profundos y terminales.

Sí, se dan casos excepcionales, se dirá. Qué pasa con los mudos, los afónicos, etc. Sencillamente que traducen la lengua en otras formas de expresarla, en otros medios, que no es oral, que siempre será su referente último. No hablo de oralidad, hablo de lengua en su prístino sentido espiritual. El vehículo por el que la lengua, comúnmente, se expresa es el oral, acompañado de toda la expresión no verbal: manos, gestos expresivos, etc. Si falla la oralidad surgen inmediatamente sustitutos de más difícil vehiculación, más restringidos y más pobres de ese caudal que nos define tanto como el ser animales mamíferos, incrustado en la médula de nuestro estar, que es la lengua, la capacidad de lenguaje normalizado en el habla, acordado en la escritura, etc.

Por todo ello es casi natural que a quien domine ese don gratuito, mas no superfluo, se le respete como un humano superior, sabio, cabal… Bueno, eso era antes del laberinto de confusión de estos calamitosos tiempos de la estupidez bien temperada de nuestros días, en los que se confunde criterio con opinión, y esta con creencia... De ahí que se le use - a ese humano superior- hasta para adornar, o dar lustre y valor a algo tan moderno como el dinero -en relación a la lengua, claro-, en monedas, como bien sucede, lamentablemente, con el bien amado Miguel de Cervantes Saavedra, cuya supuesta efigie adorna el vil metal, con el que se compra y vende. Y ya lo decían los latinos: los dineros son las vísceras del avaro (pecuniae viscera sunt avari). Quien sepa entender que entienda.

NOTA.- Con este trabajo inicié una serie de reflexiones sobre la lengua, la literatura, la creación, y sobre Cervantes y su obra, tan poco leídas; digo en su sentido de entendimiento, o lectura veraz no cabezona ni utilitarista, sino espiritual. Con motivo del centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. Hay que liberar a ese Cervantes secuestrado, esclavizado y encantado por las altas instancias del Poder, los Dioses y los Amos, los Académicos de Argamasilla, o de Madrid, y otras Cutrerías Publicitarias y Editoriales que unidas a la caterva de Periodistas y sus similares para el pasado, los Historiadores, se han adueñado del Santo y la Limosna. Y, por supuesto, dar libertad a su obra. Continúo aquí la publicación de esos trabajos bajo la serie que llamo ZERBANTIANA.

29 de julio de 2008

MÚSICA PARA UN VERANO, 9





26 de julio de 2008

NAUFRAGAR


Naufragar, todo es naufragar, siempre naufragar, toda la vida es naufragio que dijo alguno que no era poeta y pariente de la muerte.
Al escuchar esta canción -infra- de Rui Veloso me recuerdo de aquel verano tan lejano en que leí el Robinson Crusoe, en una edición pobre y enteca. Que era de esos veranos en que uno leía mucho, leía casi todo lo que leía en el año. Eran lecturas de todo el día, todo el santo día leyendo como un poseso. Y no leyendo cualquier cosa, no. Que eso de leer es para tomarlo en serio. Los enterados dicen que hay que promover la lectura como si hablasen de promover albérchigos o producto de la refinería de Gallardo/psoe. Y de eso nanay. El que empieza leyendo mamarrachadas termina leyendo más mamarrachadas. Por eso uno entiende al hermano Bolaño en sus negaciones a leer a gente importante y del momento, que parecen como muy buenos y son filfa pura y engaño de timoratas y gente en cuaresma en cuanto gusto y ardor de belleza, muy de la boga del momento y productos editoriales de trinque y rasca. Excepciones hay a la regla.
Me contó el eximio poeta y maestro, emeritense nacido solo, Félix Grande, no recuerdo si en carta personal o en persona, que aprendió a leer en la mili, y se aficionó a la lectura de novela del oeste o similar. Y cuando volvió a su tierra manchega siguió en el vicio. Y como estaba de pastor, pues cada vez que se acercaba a la población iba a un quiosco y conseguía ejemplares de novelitas del oeste..., un poco cansado de que fueran tan exiguas y cortas... Hasta que una vez pilló al quiosquero una que se llamaba Crimen y castigo, y se la llevó pues era voluminosa, larga y tenía buena pinta... Volvió otras veces al quiosco y pidió más novelas del tal Dostoieski, y el quiosquero que no tenía. Le explicó y si dio cuenta que aquello era otra cosa. En la biblioteca, en librerías, prestadas se fundió toda la obra completa del tal Miguel Dostoieski. Y lo importante es que fue comprendiendo que lo leído hasta entonces era humo, ejercicio mental tan sólo. Pero de esto hay pocos casos. Los más lectores atrapados en el comercio editorial de postín, hoy ya no presentan la novelita del oeste, sino lo mismo pero de limpio..., con los mismos efectos desastrosos de la nada.
Bueno pues sigo la hebra de mi asunto, tras esa digresión sobre el incentivo para lectores, la mala literatura, los lectores de nada y los lectores. Decía algo sobre Rui Veloso y una de las canciones más hermosas que he escuchado nunca. Fue el amigo del alma, que hace poco vi con alegría de siempre, Miguel Ángel Carrasco Peña que me puso en disco (vinilo) en su casa de Llerena. Y sin más me entro en A Ilha (Guardador de margens, 1983). Quedé patitieso y deslumbrado. Andaba, para no faltar a la tradición, entonces naúfrago, o debió ser por eso. Enseguida me lo gravó en casete, ya que hacerse con el disco en España era complicado, vivíamos de espaldas a los cantantes y músicos portugueses contemporáneos, que no sólo Jose Afonso había y hay...
Y como por este verano hace unos días he tenido un ancallamiento, convertido en naufragio hasta la fecha sin esperanza, pues la canción de Rui Veloso consuela el mal. Leyéndola al revés, desde el inicio, esto es en vez de A Ilha deviera llamarse O naufrágio sem ilha.
Así que me ando a la deriva de la vida, y de la misma muerte me ando, sin isla, sin tierra a la vista ni al oído, ni al olfato, ni al mismo tacto, ni del sabor. Que cuando uno se va a pique todo contribuye al garete, yéndose lo más al fondo. Y no soy exagerado, aunque procuro recurrir al humor, que es una suerte de amor tremenda y salvífica, por mucho que se empeñan en identificar humor con los de arriba y triunfadores.
Escuchen con devoción A Ilha y vean que sí, que es hermosa.
Su letra es tal que así:

A Ilha

Rui Veloso

Composição: Carlos Tê / Rui Veloso

Fiz-me ao mar com lua cheia
A esse mar de ruas e cafés
Com vagas de olhos a rolar
Que nem me viam no convés
Tão cegas no seu vogar

E assim fui na monção
Perdido na imensidão
Deparei com uma ilha
Uma pequena maravilha

Meio submersa
Resistindo à toada
Deu-me dois dedos de conversa
Já cheia de andar calada

Tinha um olhar acanhado
E uma blusa azul-grená
Com o botão desapertado
E por dentro tão ousado
Um peito sem soutien

Ancoramos num rochedo
Sacudimos o sal e o medo
Falámos de música e cinema
Lia fernando pessoa
E às vezes também fazia um poema

E no cabelo vi-lhe conchas
E na boca uma pérola a brilhar
Despiu o olhar de defesa
Pôs-me o mapa sobre a mesa

Deu-me conta dessas ilhas
Arquipélagos ao luar
Com os areais estendidos
Contra a cegueira do mar
Esperando veleiros perdidos



23 de julio de 2008

MÚSICA PARA UN VERANO, 8







LA JUSTICIA: ESA CACA BIPARTIDARIA

Desde el punto de vista humano, la afrenta es muy difícil de soportar... ... ...

Lo mires por donde lo mires la llamada justicia española no es más que una extensión del poder y mando de los políticos de garrafa más votados. Esto es, que no hay imparcialidad ni por error. Aquí siempre a favor del amo y contra los honestos y contra los de abajo. Los de arriba son lospolíticos, los bancos, los juices, los capitals y capitalistas y todos los entornos habidos y por haber, sin olvidar a los periodistas e historiadores, por ejemplo, como séquito de la canalla de arriba.
Es la norma la injusticia. Sobre todo de los jueces garzones y terroristas, que esos sí que son terroristas, amparados por la armas de las fuerzas de orden público y el miedo de las bayonetas de ejército, que defienden su orden y mando, en última instancia.
Lo que pasa con este hombre es de una locura y de un terror terribles. Y todo en democracia, dicen los zapateros y los changaos rajetas, vulgo rajois.
Una sóla vez me la vi ante una juez, por acusación de falsedades, con testigos falsos y falsas pruebas (también opinaba eso el señor fiscal, extrañado, curioso), y fui, como no –la cosa iba por parte de uno de mando- condenado a pagar unos euros, encima. Y no tuve ni la más mínima oportunidad de defenderme, de hablar, de exponer, de decir que no había pruebas, que era falso todo montado por un alcalde falsario y mala gente que pretendía anularme socialmente con aquel montaje falso… Tal como aconteció aquello, tal como fue, es para sospechar que no sólo todo es así, general y generalidad, sino que se llena uno de terror ante los jueces españoles, perversos donde los haya, injustos todos, y canallas trincadores de salarios altos los más, por hacer daño.
No es lo de Liaño excepción, que no. Es la norma, lo normal que conozco y sé por otros. Y malamente puede hablarse de democracia sin garantías judiciales mínimas para todos, no sólo para los amigos y el entorno terrorista de los bipartidarios ppsoe. Más claro agua, les digo a todos esos moderados de la izquierda, que temen decir estas verdades donde hay que decirlas de urgencia, y perder los miedos ante estos del bipartidismo, ir contra ellos a degüello por sistema, contra sus pompas, mandos, triquiñuelas, intereses, interesados, trampas y cartones varios.
Y todo el entorno, no olvidar todo el entorno, que ahí es donde duele. Que esos terrorirtas bipartidarios lo tiene y gordo, lleno de empresarios capitalistas, bancos, gente de porra y criminal, sindicatos mayoritarios y asociaciones diversas que pueden ir desde un de maricones en cuaresma a artistas del cante cuchufleta diverso, tipo Serrat.
Y de ese entorno terrorista destaca este diario, diario del Capital, el Mercado y la Propaganda pa Progres y Comecoco Generalizado que ni siquiera recoge la información de la disposición del tribunal europeo poniendo las cosas claras a los pasteleos y engaños de los bipartidarios españoles y su justicia de cortijo.
Y uno, que está a la espera de un fallo de Constitucional sobre acoso laboral y trinconeo y pasteleos de inspectores de enseñanza y de docentes indecentes, pues teme los años que van, el tiempo y las enormes energías que se pierden, para que luego el chuleo sea opíparo, porque siempre lo es en estos casos, pues tras muchos años resulta que llevabas razón, cuando se sabía antes de contender y lo veía un ciego, vamos....

22 de julio de 2008

IMÁGENES


Fue el caso que entró en Santa María para arreglar, por encargo del párroco, la celosía de madera de uno de los confesionarios. La tarde había comenzado a declinar. La última misa había terminado por ese día. En el templo algunas beatas deshojaban los postreros rosarios y el sacristán trajinaba de aquí para allá en faenas que serían imprecisas. El confesonario estaba a la derecha de la entrada principal que daba a la plaza, según le indicó el cura. No era nada. Dos o tres tablillas sueltas que reclavó rápido. Aquella jornada estuvo todo el tiempo cansado por el mal sueño de la noche anterior. Entró dentro del armatoste del confesonario, y se sentó. Miró hacia fuera. No había nadie ya en el templo. Probó recostar la cabeza en la celosía para ver si resistía. Después, dando un suspiro, se reclinó hacia atrás y quedó dormido.
La luz se fue apagando en todo el ámbito de la iglesia. Su interior iba quedando en penumbras. Llegó la noche. Pero él seguía dormido dentro del confesionario. Y el sacristán diligente había cerrado todas las puertas del templo, quedándolo encerrado.
Despertó al ruido de unas infantiles risas. Atolondrado se asomó fuera y, asombrado, vio dos angelillos que jugaban con su caja de herramientas. Todo el templo estaba iluminado por una luz que no era del día ni de las lámparas eléctricas. Había gente por el templo. Se veían pequeños grupos murmurando conversaciones y se oían retumbar los pasos en las altas bóvedas. Miró su reloj y eran las doce y media de la noche. De pronto se dio cuenta que en el retablo de enfrente las figuras que representaban a los santos faltaban de sus hornacinas. Se fijó en los otros, pues había salido del interior del confesonario, y observó boquiabierto, pasmado, que también estaban vacíos. ¿Qué era aquello? ¿Qué vorágine de locura le aquejaba? Tomó conciencia de que efectivamente estaba despierto. Recogió las herramientas que desperdigaron los angelotes, huidos al salir él del confesionario. Con la caja fue hacia la salida, que vio cerrada.
—¿Dónde va usted? —preguntó un san Jerónimo pequeñito, escuálido, reluciente y calvo.
—A la calle. Me voy a la calle.
Rugió un león diminuto que él siempre supuso tallado en madera por un tal Martínez Montañés.
—Aquí nadie sale a la calle, amigo. —Pontificó el san Jerónimo pequeñito.
—Si yo sólo vine a arreglar eso. Ya está y me voy.
—Le repito que no podrá salir aunque lo intente. Además, menos aún siendo uno de los nuestros.
—De los vuestros, ¿de qué vuestros?
—Vamos, no te hagas el loco. De nosotros.
—Y, ¿quiénes son nosotros?
—Nosotros, y pones a prueba mi santa paciencia, somos las imágenes de los santos de esta iglesia que ciertas noches recuperamos nuestra vida. Dejamos de ser estáticos y recobramos el movimiento, el pensamiento y podemos andar, hablar, y hacer todo lo que hacen los seres vivos. Todo viene de los artesanos antiguos, del arte de la talla en madera, de imágenes. Los imagineros de antes eran casi todos judíos de tapadillo y realizaban con nosotros unas prácticas para darnos vida. Prácticas cabalísticas parecidas a la del gólem.
—¿El go qué?
—Al gólem. Un hombre de barro que algunos rabinos vitalizaban con una palabra puesta en la frente. Y lo ponían a su servicio. Nosotros llevamos en nuestro interior de madera nuestra palabra clave que nos vivifica. Esa práctica la perdieron los modernos imagineros. Todo esto según nos cuenta el san Isidoro, que de esto sabe un rato. Pero a ti te veo raro. Además vistes según la gente de ahora. O sea, que todavía queda algún imaginero que practica esa tradición. Pareces nuevo y por eso te cuento todo esto.
—Pero yo, yo soy una persona de carne y hueso, no de madera…
—Eso nos creemos todos al principio. Luego esas ínfulas desaparecen.
Se fue dejándolo desconcertado. Efectivamente, todas las imágenes andaban por el templo, hablando entre ellas o paseando solitarias. Se fue hacia la puerta de entrada. Intentó descorrer el gran cerrojo; pero ni lo movió. Golpeó la madera por si oía los golpes alguien que pasara a esas horas por la plaza. Esperó y dio voces. Pero nada. A los ruidos se acerca¬ron todas las imágenes vivientes, con curiosidad por lo que hacía. Un san José, con la vara de nardos, se adelantó:
—Es inútil, muchacho. Cuando estamos vivos no se oyen los ruidos en el exterior del templo.
Apartó rápido a los mirones y se fue hacia la sacristía. Detrás fueron todas las figuras. Cada una de ellas conservaba el tamaño real qué tenían en los retablos estando estáticas. Todas eran más bien pequeñas. Menos un san Sebastián de tamaño natural que parecía, en medio del grupo, un gigantón. Se dirigió a la puerta que estaba al lado del altar mayor, que daba a la sacristía y entró. Se fue rápido al acceso desde la calle. Intentó correr los pestillos, ya que a la puerta había sido echada la llave desde fuera. Pero no se movían. Miró atrás y todo el grupo de imágenes le observaba. Pidió al san Sebastián que le ayudara. Este, mirando a los otros, se fue a la puerta. Tiró con todas sus fuerzas y no la movió siquiera.
—Ya decía yo que era un imposible —recordó el san Jerónimo.
—Entonces, ¿qué hago aquí? —preguntó angustiado.
—Lo que nosotros. Disfrutar de esta noche de vida y asistir a nuestra asamblea.
La contestación le pareció absurda. Se resignó, y callado, se trató de amoldar a tan extraña circunstancia. Aquellos santos de madera creían que él era uno de ellos. Pensaba que por una noche que durara aquella broma no le pasaría nada. Incluso mostró cierto interés por saber más de la circunstancia en que se hallaba, y por tratar a tan extraños seres. Los santos de la iglesia nunca le hicieron gracia. Esos ojos tan brillantes que tienen le ponían nervioso. Sobre todo cuando estaba solo. Parecen mirar fijamente como con un raro poder hipnótico. Son inquietantes. Además, las tallas están hechas con una deliberada intención de realismo. Hechas sobre algo que algún día fue vida, como es la madera. Pero aquello de que le tomaran por una de ellas lo preocupaba. ¿Y si era cierto? ¿Y si él hubiese sido siempre una imagen de madera de un santo cualquiera que soñaba que vivía y era carpintero? Pero esa idiotez la rechazó. No debía de echarse a pensar tonterías a pesar de que la situación en que se encontraba era proclive a eso.
Habían salido casi todos de la sacristía. Sólo el san Isidoro, el san Jerónimo y el san Sebastián se quedaron con él. Dejó la caja de herramientas en el suelo y pasó hacia dentro del templo. Fue a la otra puerta de salida y comprobó que, efectivamente, era inamovible. Deambuló por todas las capillas. Pensó en algunas, en otras salidas. No se le ocurría ninguna.
Fue hacia el altar mayor donde estaban congregados todos los demás. Él se pasmaba de su tranquilidad en aquel trance. De haberse planteado aquella situación algún día, como remota posibilidad, hubiese pensado en dar voces… ¡Tocar las campanas! ¡Qué idea! Se dirigió a donde se subía al campanario. Remontó los primeros escalones hasta una puerta pequeña. Tenía un candado. La empujó con todas sus fuerzas y ni la movió. Bajó y trajo un martillo de su caja de herramientas. Intentó desclavar los cáncamos que sostenían el candado a la puerta y al bastidor. Pero increíblemente aquello no se partía por muy fuerte que le diera. Al cuarto de hora después de haberlo probado todo se veía obligado a desistir desesperado. Oyó una campanilla tocada en el interior del templo. Al rato el san Jerónimo se asomó, con su menguada estatura, por las escaleras.
—Venga a la asamblea y desiste de intentar nada por salir de aquí. Como verá, es inútil.
—¡Ya me estoy hartando de todo esto! —y sin saber cómo, empezaron a llorarle los ojos de impotencia.
—Vamos, hijo, acompáñame. Por ésta hemos pasado todos y es mejor olvidar el exterior. El exterior no existe. Olvídate de él.
—¡Pero qué dice!
—Vamos, vamos; paciencia y vente conmigo.
Le siguió hasta donde estaban todos ordenadamente sentados frente al altar mayor. Al pasar vieron, en un rincón, cerca de la subida al campanario, una imagen de un Cristo montado en un borrico. Era de la procesión del domingo de Ramos.
—Y esos —preguntó. — ¿No resucitan esta noche?
—Esa imagen fue hecha hace pocos años y es de escayola. Ya dije antes que los artistas de ahora no son como los de antes.
Llegaron a la asamblea. La presidían un san Pedro, con larga barba blanca, un san Ignacio de Loyola, una santa Teresa, un san Pancracio y una santa Lucía, con ojos en la bandeja. Cuando se sentó, el san Jerónimo se fue también hacia donde estaban los que dirigían la reunión. Tomó la palabra el san Ignacio:
—Antes de comenzar lo que es el interés principal de este cónclave, hemos de hacer, como siempre, un serio recuerdo para ver si estamos todos los de siempre, aparte del invitado, o si por el contrario, falta algún des¬pistado que no ha hecho caso a la campanilla. Así que pasaremos revisión. Si alguno advierte la falta de alguien que lo diga ahora. Luego sería demasiado tarde.
Todos murmuraron y miraron acá y allá entre los reunidos. Un san Francisco de Asís levantó la mano:
—Yo no veo por ningún lado al Cristo gótico, de tamaño natural, que hay en la sacristía.
—Es verdad —dijo el santo Domingo—. No le veo tampoco.
—Bueno, bueno. ¿No falta nadie más? —tranquilizó el san Ignacio.
No faltaba nadie más. Mandó al san Sebastián que lo buscase por si se había entretenido en algún sitio. El san Sebastián fue a la sacristía. Todos esperaron. Al rato volvió dando grandes trancazos y asustado.
—Ve... venid acá —dijo sin apenas aliento.
Todos fueron detrás. Sobre el suelo de la sacristía yacía el cuerpo de la imagen del Cristo gótico de tamaño natural. Un inmenso charco de sangre era su lecho. Tenía multitud de heridas por todo el cuerpo. Parecían puñaladas. Decenas de puñaladas. Todos lo rodearon en silencio. Perecía muerto. El san Pedro recogió un papel que estaba junto al cadáver. Hic homo iacet, leyó con voz entrecortada.
—Estas debían ser las palabras claves que le daban vida a esta imagen. Faltan dos más que parece que han sido borradas. Alguien lo hizo y ha muerto cuando había recuperado ya la vida.
—Quizás fue la humedad —apostilló el san Jerónimo.
—No creo. Esto ha sido un crimen de alguien que está en el templo.
—Tal vez algunos de nosotros —terció el san Isidoro.
Cada cual fue explicando, ordenadamente, en qué había empleado su tiempo, desde que se revivificó. Todos tenían coartadas perfectas. La mirada del san Pedro se fijó entonces en el carpintero. Todos volvieron la vista a él.
—No pensaréis que soy yo. Yo no sé nada de nada.
—Ya lo sabemos. Tú ignoras que a nosotros se nos elimina borrando algunas de las palabras claves que nos dan la vida. Tú eres el de que ni siquiera tenemos la más mínima sospecha. Tú estás libre de culpa. El ase¬sino, o es alguno de nosotros, o está escondido por el templo.
Buscaron, palmo a palmo, por toda la iglesia sin encontrar a nadie. Se volvieron a reunir en la sacristía. Alguno recordó bajar a las criptas, donde se enterraban las personas de abolengo y mirar allí, por si se escondía el asesino. Se hizo y la búsqueda fue un fracaso. Todos juntos acordaron que había que encontrar una solución antes de que llegase el día y no se notase que el Cristo gótico había bajado de su cruz con vida propia. Así que probaron a limpiar el cadáver de sangre y a colgarlo de la cruz. Pero era imposible situarlo. Se notaba que quedaba como no estaba antes. Quizás cuando llegara la hora en que las imágenes perdían la vida el Cristo volviera a su anterior postura y rigidez. Pero era una remota posibilidad. Tal vez si se descubrieran cuáles eran las dos palabras borradas, de aquella clave escrita en el papel encontrado junto al muerto, se le devolviese la vida. Se intentó y el san Isidoro, junto con otras sabias figuras, probaron reconstruir lo borrado; pero no resultó y la noche se iba. Todos buscaron otra vez al asesino. El motivo de encontrarlo era ponerlo en el lugar del Cristo. Todo fue infructuoso. El san Jerónimo tomó la decisión de la última y posible solución.
—Mira, hijo mío, ya sabes que hemos de encontrar a alguien que ocupe el lugar del Cristo gótico. Todas las precauciones son pocas para no levantar sospechas. Hemos pensado que tú ocupes su lugar, pues a ti te iría pintado el lema que ha quedado sobre el papel, en caso que afirmes ser quien eres, Hic homo iacet, que quiere decir: Aquí el hombre yace. Y cuando llegue el momento recuperarás, por una noche, la vida, cada año, y para la eternidad.
—¡Tú estás loco! ¡Cómo voy a aceptar yo eso! ¡Esto es una locura!
—Nosotros no te vamos a obligar a nada. Pero no tienes escapatoria posible. A algunos de nosotros nos ha pasado algo parecido. Esconderemos el cadáver del Cristo en un lugar en que nadie podrá encontrarlo. Será algo así como si lo volatirizáramos.
—¡Me niego!
—Grita mientras puedas. Ya verás. Aceptarás como todos.
Llegó el día y las cosas iban amaneciendo. El sacristán de Santa María fue, renqueante, hacia el bar en el que todas las mañanas se tomaba sus cafetitos y sus copitas de orujo. Luego se encaminó a la sacristía para ir preparando la misa de las ocho. Hacía un ligero vientecillo. Abrió la puerta. Entró en la sacristía y se fijó en la caja de herramientas abierta en medio de la habitación. La recogió pensando que el carpintero se la habría olvidado. No le dio más importancia. Ya vendría a por ella. Luego, sobre el viejo armario, encima del cual colgaba la gran cruz del Cristo gótico, fue extendiendo las vestiduras sacerdotales para que el párroco, al venir, se fuera revistiendo. Era su rutinaria tarea. Ni siquiera pensaba lo que hacía por sistema.
Ni el sacristán, ni el párroco, ni ningún feligrés, ni tampoco alguno de los incontables estudiosos del patrimonio artístico de Santa María, observó nunca que la cara de ese Cristo gótico de la sacristía había cambiado con respecto a su imagen anterior. El Cristo auténtico había sido suplantado. Ahora el crucificado, que yacía en aquella cruz, era otro que encerraba el secreto en su interior de madera, que antes se supone que vivió siendo árbol. Ese secreto decía: Hic homo iacet : Aquí el hombre yace.
Las imágenes esperaban otra vez la noche de su resurrección. El Cristo gótico la anhelaba en su angustia.

DE ENTREVISTA ESCOLAR


En febrero de 2005 le contestaba a un escolar que me entrevistaba para un trabajo del cole:

Pregunta. ¿Cuándo empezaste a escribir?
Respuesta. Bueno, decirte exactamente cuándo es muy difícil. Sí te puedo decir que fui tomando conciencia de que escribía, cuando guardaba lo escrito, y volvía a revisarlo. Con lo que también fui dándome cuenta de que aquella revisión era siempre volver a empezar lo que escribía, y corregirlo casi siempre. Creo que fue cuando tenía sobre quince años, cuando tomé realmente conciencia de que la escritura era un arte y que quería profundizar y desarrollar ese arte. Ya tenía escritos algunos cuentos, poemas muy musicales, a imitación del romancero… Como anécdota me recuerdo, muy niño, escribiendo cartas a los familiares, que andaban por Madrid o Barcelona, emigrados, cosa que también hacía para algunos vecinos, que tenían sus familias emigradas. Les escribía las cartas, lo que, luego, con el tiempo, resultó ser una estupenda escuela o lo que hoy llaman taller literario.

P. ¿Cómo se aprende a escribir?
R. Leyendo. La lectura es el fundamento del aprendizaje de la escritura. Creo que te refieres a cómo se aprende a escribir algo literario, esto es, artístico, hecho con la lengua que hablamos. Y a eso te respondo con que se aprende leyendo mucho, teniendo la enorme humildad de estudiar a nuestros clásicos, a las gentes que ha escrito antes que nosotros, obras de calidad, lo cual es una gozada. Sobre todo a los maravillosos clásicos españoles. Porque tenemos una estupenda tradición literaria en nuestra lengua castellana. Una tradición que no es valorada suficientemente por los que hablamos castellano. La lectura atenta, de esos escritores que nos han precedido, es la única escuela de aprendizaje eficaz para quien quiera usar la lengua como materia artística, esto es, como materia literaria y creativa. Por ejemplo, estos días releo una novelita estupenda, llamada El Buscón, de don Francisco de Quevedo, y veo cosas que antes no había visto. Leer y releer buena literatura y fijarse cómo está escrita, repito, es un aprendizaje eficaz –el más eficaz- que conozco. Evidentemente ayudan mucho unos buenos diccionarios de sinónimos, generales y especializados, para la tarea de expresarse por escrito. Pero la inventiva, la creación, que nace en un principio de la imitación de los que me han precedido –los clásicos sobre todo-, es tarea muy personal que no podría decirte cómo se aprende. Creo que como el andar, andando… Superando las ignorancias, miedos y los odios que se tengan. Porque que de esa imitación primera de lo leído, surge la inventiva personal, a poco que se domine la expresión material de la lengua. No importa tanto lo que se escriba o de lo que se escriba, sino el arte cómo esté contado. Eso es la literatura: el cómo, no el qué. Cervantes cuenta la historia de un loco y un gordito, que salen de su aldea para arreglar el mundo. Eso no es lo importante, es accesorio. Pero no es eso lo importante del Quijote, sino cómo está contado, como está usada la lengua, estructurado el relato, usado los recursos literarios con esa lengua, etc.
P. ¿Qué sentiste la primera vez que te publicaron un libro?
R. Nunca tuve prisas por publicar nada. Soy muy consciente de que lo importante es escribir bien. Lo de publicar no es tarea de un escritor. Es negocio de editores, libreros, editoriales, etc. Pero de alguna manera todo el que escribe desea que lo lean, por compartir lo que se ha escrito. La primera vez que me publicaron un libro fue en 1986, y era un libro de poemas, llamado Quaderno de dexados, en la Editorial Extremadura, que se repartió con el Periódico Extremadura, de Cáceres, en una edición de 20.000 ejemplares. Todo un record para aquellas fechas, y en poesía de alguien poco conocido o iniciado en el mundo editorial. Por supuesto que sentí un enorme alegría, con cierta mezcla de responsabilidad ante si aquello que presentaba a las gentes estaba bien logrado como arte, como literatura, como poesía. Pero te repito algo que, en esta sociedad consumista y competitiva se pierde de vista. Lo importante es escribir bien, luego publicar, no para consumo de las gentes, sino para su goce. Que es bien distinto. Estamos en una época en la que todo arte se reduce a comercio, a mercado, a poder, a dinero, a ser más que el otro, no a ser con el otro y con los otros… Y eso no es bueno para el arte, que pretende ser fiel a lo humano, a lo mejor que el ser humano puede desarrollar. Y creo que en eso la educación debe poner mucho empeño. Empeño en dejar clarito, a los que estáis aprendiendo, que la fama, el famoseo, o el triunfo no son la meta en nada. La meta es la obra bien hecha, el dar a las personas algo que les haga crecer, en algún sentido, como seres humanos, libres, responsables y buenos. No ser más que nadie, porque nadie lo es. Por eso estoy absolutamente contra los llamados premios literarios y demás usos del marketing y la publicidad del mercado.

P. ¿Has publicado mucho?
R. Lo necesario. Tampoco es que me haya quitado el sueño publicar. En total son como seis libros. Y lo que sí he publicado es mucho en publicaciones periódicas: revistas, diarios y demás. En esos medios, y en publicación compartida, he publicado como treinta y siete cuentos y relatos cortos, unos veinte ensayos, y muchos poemas, en revistas o publicaciones compartidas. También escribo para muchas páginas web en internet: opinión, obras diversas, etc. Pero lo de publicar es lo secundario. Primero ha de tenerse una obra que merezca la pena, y que uno no se engañe y ande perdiendo el tiempo haciendo algo que no merece la pena. Creo que ese el primer deber de un escritor: no autoengañarse con la dedicación de enegías y tiempo en una mala obra. Si lo que se hace es bueno, entonces se publicará, seguro. Tarde o temprano. Es más, te puede asegurar que todo los publicado como libro, lo fue sin que yo lo buscara o quisiera, sino por circunstancias diversas y porque la ocasión vino a mí, sin yo buscarla. Yo sólamente tenía los escritos ahí, como tengo otros, esperando editarse, o publicarse. Algunos de mis libros se pueden todavía conseguir en las papelerías o librerías de Llerena, por ejemplo, y ya que la entrevista la haces para gente de aquí, aprovecho para decirlo.

P. ¿Qué estás escribiendo ahora?
R. Bueno, en estos últimos meses estoy acabando un poemario llamado El alto vuelo del gato, que quiero que salga para finales de febrero, o, como muy tarde, para marzo. Serán como unas 400 décimas. La décima o espinela es un tipo de poema clásico en la literatura castellana, que se cultiva hoy mucho en casi toda Sudamérica: Cuba, Venezuela, Chile, etc. Las décimas que he escrito para ese libro son satíricas, burlescas y críticas, un juego verbal o con la lengua, como toda mi poesía. No tanto para expresar mis sentimientos, sino para despertar sentimientos en los demás, en este caso de risa o sonrisa, o la alegría como poco, que no es poco, como sabes. Creo que la gente que lea ese poemario se ría. Hoy día no se cultiva mucho el humor en poesía, cuando también es una constante en la literatura castellana. He elegido ese tipo de estrofa cerrada porque se presta mucho a la intención de lo que digo. La forma responde, así, a lo que los críticos llaman el fondo, o los temas. Aunque siempre estoy escribiendo o liado con más de una cosa. Escribo, también, por estos días, un ensayo sobre Catalina Clara Ramírez de Guzmán, una poetisa llerenense del siglo XVII, muy poco leída, muy mal editada, y de una obra interesante por su tremendo humor y su suprema ironía. Trabajo también, retocándolo, porque tal vez lo publiquen en otoño, un libro de relatos llamado Las Miradas de Través, del que, en la Revista de Carnaval, de Llerena, he publicado un relato adaptado.
P. Bueno, pues muchas gracias por contestar mis preguntas y, finalmente, si tienes algo que añadir…
R. Las gracias a ti. Y poco más, sino que este trabajo de la asignatura de Lengua te salga bien. Espero haberte podido servir como querías y para lo que querías. Creo que las preguntas han sido directas a la materia que tratamos y que tus preguntas han provocado que dé respuestas completas, a fin de que, globalmente, tus compañeros de clase se puedan hacer una idea de lo que hago como escritor. Muchas gracias, Mario.

APÁTRIDA



Como llevo unos días, ¿o es toda mi vida?, en que me siento poco español y menos extremeño, pues recurro a los clásicos para ilustrarlo, para pensar que no estoy solo. Ver el mando grosero, la identificación de España con lo más abyecto: el fútbol, esa institución llamada gobierno, el espectáculo de saltimbanquis y deportistas, una marca de calzoncillos o de sopas, o de tonto... Mangoneada por los bipartidarios... Y Extremadura a eso que anida en Mérida y que llaman la Junta de Extremadura, asilo de caciques y pillabichos para el trinconeo y mando sobre la gente que vivimos en esta parte del mundo, que bien pudiera llamarse Extremadura en su sentido amplio, profundo y universal, no como coto y cortijo de los que mandan, y encima mal y contra el común y la mayoría; pero apoyados por sus trampas electoreras que ocultan eso precisamente, que ni es democracia como lo pretenden...

21 de julio de 2008

UN GATO CALLEJERO: ENTE


Mi gatito es un consuelo. Un mundo animal que es uno, bello y bueno, como el ente. Lo estudia la ontología que estudiaba y olvidé. Ahora recuerdo...
Mi gatito es un consuelo, uno, bello y bueno.
Quien sepa entender, que entienda a uno, bello y bueno.

CRÍTICA


Traigo aquí dos críticas del poemario Quaderno de dexados (1986) que me parecieron curiosas. A lo menos. Una apareció en la revista Manxa y otra en Reseña. La una digamos que más humilde y regional y la otra de altos vuelos.

MANXA
Ciudad Real
DICIEMBRE 1987
QUADERNO DE DEXADOS, de Agustín Romero, Colección Nueva Extremadura, 1986. Cáceres.
Libro extraño y poco habitual este Quaderno de dexados que se nos aparece como una visión analítica, y en ocasiones apologética, de uno de los más sugestivos movimientos de la espiritualidad española del siglo XVI: nos referimos, naturalmente, al iluminismo, que adopta, según la distinción de Boehmer, una doble tendencia, la de los recogidos y la de los dejados; tendencias que habrían de integrarse más tarde dentro de la corriente general del erasmismo.
Esta obra nos ofrece una relación de motivos, personajes y circunstancias lógicamente extemporáneos (tormentos inquisitoriales, beatas, alumbrados...), pero que pueden ser, en algún sentido, extrapolables a nuestro momento presente. Con una expresión a veces deliberadamente arcaizante, un lenguaje alejado de planteamientos esteticistas, un tono que acusa con frecuencia una cierta inclinación lúdica y un estilo que se aproxima en muchas ocasiones al laconismo sentencioso y lapidario de la máxima, Agustín Romero consigue recrear un mundo tal vez poéticamente anómalo, pero válido por su significación.
De las cinco de que consta el libro es la última parte, titulada Azares y necesidades, la que posee una mayor intensidad lírica, puesto que en ella el poeta abandona su distanciamiento de cronista para sumirse por entero dentro del universo poético. Una parte en la que, además, la presencia de la luz y del fuego adquieren una dimensión simbólica por su alusión directa a la iluminación espiritual: Suena mi corazón entre las rejas / como el mar porticando inútilmente. / Es el incendio en que padezco y ardo. / Ardo en la pura luz del claro día.
Urge, aún hoy, una reivindicación seria y profunda, (un desagravio tardío), de esa rica corriente heterodoxa de nuestros alumbrados. Este Quaderno de dexados, de Agustín Romero, no deja de ser una interesante contribución a esa causa.
P. A. GONZÁLEZ MORENO

RESEÑA
de literatura, arte y espectáculos, nº 178-noviembre 1987
Madrid

QUADERNO DE DEXADOS

Escritura reposada
Agustín ROMERO. Quaderno de dexados. Edic. Diario Extremadura, Extremadura 1986.
Hay que destacar la importancia cultural de la labor que lleva a cabo Diario Extremadura publicando y distribuyendo gratuitamente con su periódico estos cuadernillos de poesía, de los que edita por vez 10.000 ejemplares. Resta esperar que en otros lugares cunda este ejemplo.
Agustín Romero es un escritor reposado, reiterativo en sus motivos (la luz, la lámparara, la aurora), distante de modas y corte, crítico y risueño, que dice lo que siente sin ceñimietmos ni concesiones.
Esta obra se divide en cinco apartados que en algunos momentos hacen perder la unidad de resultado final. El libro sufre ello, creo yo. Sin embargo, dejando de lado la estructuración deben valorarse las bellas y no rebuscadas imágenes visuales, las logradas metafóras y aun la incorporación burlesco-realista de la cotidianidad, con lo que logra ampliar la eficacia de la comunicación de su texto a pesar de afirmar: Huyo de la comunicación y de la información. Lo que me interesa es la alusión, la mención, la expresión y la invención...
La construcción del poema parece provenir del distanciamiento, del sosiego del alma, de la contemplación comprensiva del hoy y el ayer:

Leo el Alphabeto Christiano, obnubilado,
a esta orilla del tiempo


Y es verdad que las diferentes épocas no son más que orillas de un accidentado proceso histórico y, por lo tanto, humano, de sus contrastes, clarividencias, claudicaciones: Suben, rotos, los anhelos por los siglos.

La luz es débil:
apagarla cualquiera puede.
La oscuridad es imposible,
sin embargo,

de encenderse.


También al poeta le golpea la realidad y debe compaginar su existir lírico con las necesidades y las ansias más profanas Lo difícil es plasmar esos dos polos, conquistar un tono y romperlo sin destrozar la composición, como en

Quiero que me vuelen miles de mariposas
por las calles blancas
y que me toque la lotería mañana.


Si producir arte implica tropezar con las puertas secretas, escribir poesía, aquí y ahora, parece ser no aportar nada. Pocos lectores la consumen en el mejor sentido del término, pocas instituciones la promocionan, pocas ayudas la alimentan. Sin embargo, aunque Ellos habitan en tinieblas como una obstinación o una compensación catártica, underground pervive, se distribuye e impregna nuestra cultura. Cualquiera lo sabe y lo reconoce, hasta e1 mismo creador:

Y el hombre es grande, dios y libre.
Resplandece iluminado por su luz,

que le es propia y solidaria,

en días oscuros del alma.

Mª. Victoria Reyzábal

MÚSICA PARA UN VERANO, 8






20 de julio de 2008

DISCURSO CÍNICO SOBRE LIBROS

Día llegará en que rodeado de la mentira, la estupidez,
el mal, la locura, la explotación y la inmisericordia, re-
celarás de ti mismo, y dudarás si el necio, el malvado y
el loco eres tú, y ellos los fieles de la verdad, la belleza,
y la bondad.

ESCUELA DE MANDARINES, de Miguel Espinosa


Señores y estimados cofrades: Hubo un tiempo en el que los libros daban camino a la libertad, quiero decir a no tenerle miedos a la libertad, al conocimiento de uno mismo en el mundo, que siempre ha resultado nuestro mundo. Lo que sabemos por nuestra esotérica tradición, que es la que nos reúne en esta noche en esta tenida, en las traseras de este local comercial. En ese tiempo del que hablo cada cual escribía y publicaba libros, a la buena de Dios, y también cada uno elegía los que buenamente encontraba o quería, quedando bien claro y entendido que todo estaba parcialmente constreñido al poder adquisitivo del lector, como entonces se le entendía en todos los órdenes, porque leía, no sólo consumía. Y en cuanto a los autores, también estaban condicionados por el capital propio o de los editores. Todo aquello no dejaba de ser un engorro.
Hoy, como sabemos muy bien, el Estado ha resuelto el asunto de manera absoluta, como suele, por otra parte. Ya no existe el problema. Desde el control total del Dinero se marca lo que se debe leer y los libros han dejado de tener ese privilegio mágico y maravilloso de ser algo más que su mero valor reducible a pesetas, y se les ha reducido a su valor real, tangible. De manera que existe poca diferencia entre un melón y un libro. Y, así, vender cien mil ejemplares es un éxito tan grande como vender el mismo número de sandías o tornillos, o hamburguesas. Eso es lo que importa a la Cultura y a la Literatura, a los Libros. No lo duden. Y su autor será bueno, un genio, premios de la crítica, todos los premios, si vende y vende si es premio. Lo demás son fruslerías y mentecateces del pasado, de privilegios insoportables que se les achacaban a los libros frente a otros productos tan iguales y tan dignos como los repollos o las baldosas. Señores, no sean peudoprogresistas, apuesten por el Progreso, por el Futuro, por la Modernidad, abandonen ese muro, ese telón de acero cochambroso y antiguo que llaman y que es la calidad literaria, como hace años nosotros hemos abandonado la dignidad y la decencia, la honradez y todas esas manías burguesas. La única Calidad es vender. Si un autor vende, con la benigna oportunidad y lanzamiento, es el mejor, porque la Historia de la Literatura la hacemos nosotros y en ella los incluimos, con el Estado flanqueados de cara a lo universal de los siglos venideros. No cabe duda. Lo de leer es lo de menos. Lo importante es que el comercio de libros prolifere y las gentes los considere como un camafeo o una pintura, tal como una bolsa de pipas. No que los lea, sino que los compre y los miren por el que dirán, y sean en sus casas ornato y agrado, especiales ladrillos, detalles de buen gusto, como flores de plástico, y se atiborren estanterías hasta el techo. Es y será lo más hermoso, sin dudas de ningún tipo.
Porque la Modernidad ha traído enormes ventajas, adelantos incontestables. Eso de que la tecnología y la ciencia aplicada está destruyendo el planeta y dominando la voluntad de las personas son infundios de narcotraficantes, drogadictos, terroristas, batasunos, comunistas antiguos, pseudoprogresistas y gentes de mal catar. Los niños nacen ya sin necesidad de leer libros a la antigua usanza, y, como dice el antiguo proverbio, con un pan bajo el brazo, o dos. El Estado los prepara: les enseña a leer con métodos eficaces y ultrarrápidos. Es necesario para la vida moderna, sobre todo para leer la Publicidad, las guías de carteles urbanos, los resultados futboleros y deportivos y toda la propaganda de lo que hace tiempo se llamaba prensa y revistas, que antes, por mor de confusión y tendenciosidad, denominaban Información, incluso objetiva e independiente.
Los libros son objetos del Mercado, no me cansaré de repetirlo. Como las patatas, los chicles, los autos o un ordenador, y, por lo mismo, su valor se reduce a su cambio, y no valen privilegios metafóricos del valor de los libros, y en ese caso de los beneficios, a sus ventas. Se acabó tanta monserga y pampringao: un autor vale si vende en términos absolutos. Poco nos importa lo que diga, pues eso no lo leerá nadie. Y esto que les digo no les debe parecer terrible. Antes al contrario, es motivo de gozo y alegría, pues matamos muchos pájaros de un sólo tiro, con el consecuente ahorro de recursos y energías.
Ahora les contaré la historia, que puede ser mi propia historia, aunque nadie me cree. Tal vez sea un tanto larga; pero no por lo mismo interesantísima. De ella deducirán mis pensamientos actuales de cara a la consideración del libro, su uso y entorno. Mi venganza.
Pues, señor, dicen que en aquel tiempo vivió un escritor inédito, absolutamente desconocido. Como hombre de juego (todo juego es fuego para la vida) decidió hacer un simulacro de desaparición de su persona, de forma y manera que lo diesen por muerto. Se le encontró una especie de testamento donde declaraba todo lo que dejaba escrito, en carpetas, cuadernos y entre sus libros y papeles.
Un amigo del susodicho autor y un editor, listo y avispado, viendo la posibilidad de que el asunto era rentable comercialmente, deciden ir publicando las obras acabadas, y, posteriormente, las inconclusas y las notas ingentes. También sus poemarios y el teatro, poemas sueltos, ensayos, etc.
Al paso del tiempo, y con el conveniente lanzamiento publicitario y editorial (ya se sabe: comentarios y reseñas simultáneos y oportunos en diarios oficiales, en las radios estatales y las televisiones, listas de más vendidos, premios nacionales y de la crítica, y algún político de postín y ladrador que lo cita como autor que lee con devoción, etc.), la obra de ese autor desaparecido y que se da por muerto, inédito hasta entonces, y que llamaremos RB, va tomando grandísimo interés por parte de los consumidores de libros, o si lo prefieren, lectores, de la crítica reconocida (siempre me pregunté por quién), de otros escritores que lo ven un maestro o lo envidian y le ladran mientras cabalga.
Entretanto, el desaparecido RB, ha llevado una dura vida para subsistir sin identidad real. Está en un ambiente y en una ciudad que distan mucho de sus raíces, de su educación y de sus orígenes. Pero ya sabemos que el hombre es máquina de costumbres, cuando no borrego del acomodo. Al ser su obra conocida, al triunfar, en expresión que tanto satisface, como en el fútbol y en los negocios, siempre por encima de los pobres diablos que no lo consiguen, él (nuestro RB) sigue la evolución de todo el proceso de triunfo de su obra y, admirado, es testigo distante, anónimo y escondido de la aceptación y aplauso a sus creaciones, por parte de esos lectores masivos y mayoritarios, de los forofos intelectuales que forman manifiestos a favor de bloques militares que les defiendan sus prebendas o de cualquier estupidez importante de la que los poderes necesitan su apoyo y firma, y, sobre todo, de los críticos literarios o propagandísticos. RB es un lector más de sí mismo. Y le surge el grave problema, asombrado ante tales triunfos de sus obras, de creerse otro diferente del que escribió tanta obra leída y vendida con tan clamoroso triunfo y granjeo.
Un buen día. por arte más bien de birlibirloque, consiguió la documentación y la identidad de alguien que realmente desapareció, y sólo tuvo que cambiar fotos aquí y allá. Por diversas peripecias, que no vienen al cuento, logra meterse en la editorial que publica y comercia con sus obras. Asciende progresivamente y llega a ser la mano derecha del editor, que ya es bastante mayor y necesita ayudante u hombre de confianza.
Pasaron dos años y el editor, un buen día (lo digo sin recochineo) murió, dejando como único heredero universal a nuestro RB, que se había convertido en la niña de sus ojos y que tiene identidad falsa. De esta manera se vio dueño de su obra nuevamente. Dueño según el sistema de valores imperante. (Conviene recordar que cuando nuestro hombre desapareció, no tenía familiares ni nadie que se hiciera cargo, dueño, de sus papeles, y, así, el editor se apropió de sus obras con la connivencia del amigo, y en aras de salvarguardar la cultura y una obra literaria rica, creativa y de calidad, y, claro, para eso como dueños eran inmejorables).
Ocurrido esto, dueño, amo de los derechos de autor sobre la obra, nuestro RB decide mostrar y demostrar que él fue el que escribió esa Obra que tanto admiran los lectores, tanto valoran los críticos e intelectuales. Tropieza y se enfrenta con graves dificultades y se plantea el problema de que hasta que punto es importante el conocimiento de la persona que realizó una obra literaria (recuerdo El Quijote y la atribución de autoría a Cide Hamete Benemegeli, el caso del corpus cabalístico del Zohar, etc.). Lo que interesa, pues, es la obra, son las obras y su comercio, y es inútil darse a conocer como autor para un público cuya gozada y misterio, en la obra, radica en el anonimato del realizador que fue realmente RB. Anonimato siempre relativo, ya que se conoce su nombre. Pero se desconocen la vida y milagros, la personalidad, las circunstancias, la identidad del autor (recuerdo a Pero Abat y El Mio Cid o el arcipreste de Hita, ese tal Juan Ruiz y su Libro de Buen Amor).
La gente, la chusma, dice: Fulano de tal es autor de la Obra; pero, ¿quién es Fulano de Tal? En vano RB, apoyado por la heredada editorial y toda su parafernalia de publicidad y técnicas, trata de convencer escribiendo y editando nuevas y geniales obras, rehaciendo, recuperando la identidad de su biografía, de su otro abandonado como en un atroz juego que ya le quema. Cuenta su vida desde pequeño hasta que gestó su Obra, que la gente entiende como la Obra. Nadie le cree, porque nadie cree ni necesita creerlo para comprar sus libros. Además la editorial de RB había perdido la bendición de intelectuales, críticos, periodistas o propagandistas varios y de los políticos, como otro tropiezo para sus pretensiones. Cumpliéndose su hado malo de mala ventura, o aquello tan viejo de que la inteligencia sólo granjea desdichas. La Obra perdería parte de misterio, de su atracción. Sería tan intolerable como si Kafka apareciera hoy enmendando la plana de todo lo que se ha dicho de él y de su obra. Nadie admitiría esa realidad del escritor, frente a la realidad fingida, literaria, que han hecho sus lectores, la crítica, los editores, los intelectuales postineros y de tronío, etc., que realmente se constituyen en una literatura semioral o tradicional con tanta invención e inventiva sobre los intríngulis del autor, como la propia obra del mismo.
Hete aquí que, señores, después de este cuento o paradójica parábola, la conclusión es una y la misma: lo importante es el negocio a ultranza, ganar Dinero como fuere, que es como ganar el Cielo y a costa de lo que sea. Hoy comerciamos en libros por esos ramalazos de la vida, mañana en balas o en vino, o, tal vez, en carbón y cadáveres. Da lo mismo.

Con estas reflexiones doy por terminada la reunión. Señores, hermanos, vayan saliendo de uno en uno, y espaciados en el tiempo y por diferentes caminos, ya que no es conveniente que nos vean, ni aun nos sospechen juntos y revueltos, nuestros inocentes y chusmosos consumidores de libros, que, aunque impresos en blanco, los adquieren, pues de tan manera ponen sus mentes y sus almas. Procedamos con calma y mejor letra. Sea así siempre.