16 de septiembre de 2008

SANDÍA Y SONIDO

Me encanta el saber de la gente, ese que se pierde ya, irremisiblemente.
Salgo por fruta, a comprar fruta. La tienda, de los hermanos León, está llena de gente. Mientras me voy cogiendo melocotones gordos y bien hechos, como me gustan, algunas manzanas, cebollas, pregunto por si hay patata gallega, que no, y miro unas hermosas sandías… Claro estas sandías son de regadío y vaya usted a saber de dónde las han traído. Puede que de Abisinia o Chile, cuando no de Murcia o de Calatayud… Escojo una mediana, que me parece que puede estar hecha. La sopeso y está muy pesada. Porque uno sabe algunos artilugios para averiguar si una sandía está hecha, sin abrirla, claro; pero sandía de secano, de aquellas que conocía de niño y jovencito en los melonares de secano que se sembraban en tierras de barbechos, prestadas o cedidas para ello, por el regalo, al dueño de la tierra, de melones y algo de los frutos… Pero estas de regadío sólo tienen una forma de saberse: abrirse o por el peso. Se supone que si pesa tiene azúcar y demás, o agua, me digo.
Bueno, y en estas trabo conversación con un avezado hombre del campo, con un campesino que, aunque ya jubilado, se mantiene en activo, que estos nunca se van. Está en la tienda comprando con su señora. Y me dice que cuando el rabo de la sandía está seco, apretujao, es seguro que está hecha; claro, me advierte, con las de secano. Le sonsaco más y le digo que yo sé si están hechas por el sonido, que si grave, pues sí, y si agudo y alto, pues como que no. Entonces me suelta que sí, que antes se calaba por el oído una sandía, el sonido podía ser alto, esto es, ahuecado, y que entonces no estaba hecha; o grave y de fondo, o sobrado, en expresión con que llamaba a ese tono, pues entonces estaba hecha. Y para rematar me suelta que golpeaban con el dedo corazón, en además de tirar canica (dedo corazón y pulgar tensos, y unido el pulgar encima de la uña del otro), sobre la punta de la bota, y si el sonido de la sandía estaba afinado con ella, con la punta de la bota, en el mismo tono, entonces estaba hecha, y a medida que el tono de la sandía, al golpearla con el dedo, era el de la punta de la bota, estaba más hecha. Me quedo perplejo y contento. Evidentemente había que tener alto sentido de la afinación natural de sonidos, y sentido musical. O sea la música y su base aplicada a la cata de sandías. Algo sofisticado que subyace en el saber de la gente. Entonces quedo con el señor para que otros día me cuente más, sobre melones y sobre otras cuestiones de ese saber campesino y de pueblo, que se pierden, como decía al inicio, si nadie lo aprende, lo recoge o escucha. Y está en cualquier parte, en casi cualquiera de nuestros mayores por estas poblaciones extremeñas.
Luego me habla de lo malísimo de los tomates este año, que si sin sabor, que si secarones y sin color propio… Le pregunto por las semillas y me dice que las compra, y claro, le digo, es que lo mismo están alteradas y por eso salen así… Que lo suyo es lo tradicional, cogerle semillas a buenos tomates, semillas que uno mismo prepare y uno mismo seleccione, como antes, y que se han perdido tipos de tomate autóctonos, y otras cosas, como zanahorias moradas, rábanos largos, dulces, tiernos (y eso va sin segundas, ¿ei?), tipos de melones dulcísimos de secano, y etc., etc… Pero ese es otro cantar para otra entrada…