28 de agosto de 2008

FALSO GOBERNADOR MAESSO, CISMÁTICO



Muramos faciendo camino con el corazón, pues no podemos facerlo con las armas.
Don Alonso de Cárdenas
último maestre de Santiago, siglo XV

Maesso se colocó desde el principio en franca e inequívoca rebeldía.
A. Manzano Garías

Llerena se convirtió en un infierno.
Marcelino Menéndez Pelayo

Queda en fin denunciado el señor Maesso excomulgado vitando, privado de
toda jurisdicción eclesiástica y de toda comunicación en cosas sagradas
y aun políticas con los fieles, (...) todos los que comuniquen con el citado (...)
dándole auxilio y favor (...) incurrirán también en excomunión mayor.
Boletín Oficial Eclesiástico
Obispado de Badajoz

PROLEGÓMENOS DEL ASUNTO
Han de saber ustedes que el texto, tan importante para la historia espiritual y del pensamiento de nuestra comunidad, que a continuación van a leer impunemente, fue escrito tal año como corre, pero hace un siglo atrás; esto es, en 1888, por un tal Francisco Maesso y Durán, gobernador del priorato de San Marcos de León, de la Orden de Santiago, provisor en Llerena del mismo priorato, en los priores del cual recaía normalmente el cargo de gobernador eclesiástico del obispado, que llegaba cerca de curatos en Galicia, dicen, aparte de lo que hoy es gran parte de Extremadura.
Sabrán ustedes que la Orden de Santiago ha tenido durante tiempo secular administración de las tierras de Llerena y de la ciudad, en la que su maestre residía normalmente y que jamás estuvo bajo ninguna corona de reyes, ni españoles ni otros, ni aun condes y marqueses.
Según cuentan, entre otros el ínclito Menéndez Pelayo, o en esta misma revista y en el año 1962, o en la Revista de Estudios Extremeños, tomo III de 1960, este tal gobernador Maesso fue un cismático empedernido y heterodoxo, sospechoso de estar avenido y conchabado para sus fines, no ya con los perversos liberales decimonónicos, sino con las gentes de la Primera República Española, cuyas autoridades dieron apoyos y sostenes, incluso militares, en el famoso proceso histórico tan mal estudiado y tan interesante, que se llama, con pomposa nombradía, el Cisma de Llerena.
Claro que todas las versiones sobre el mismo, y sobre el personaje de Maesso, las tenemos por sus enemigos. España ha sido aleccionada como pocas naciones en la intolerancia, desde los Reyes Católicos, y ha aprendido que el vencedor hace la historia a su gusto. Aún así la cosa venía de atrás, a lo largo del siglo pasado, y ya en carta publicada por el diario La Regeneración (febrero de 1868) de Valencia, por un tal José Doncel y Ordaz, se le acusaba de que su cargo como gobernador no era justo ni se atenía a derecho, usurpándolo a un tal doctor Alday, que era merecedor en justicia. Bien es cierto que en el mismo periódico, en abril de aquel glorioso año de 1868, el mismo José Doncel dirige carta al clero y fieles de este obispado-priorato retractándose en seis puntos de lo que contenía su anterior escrito acusatorio sobre la “dudosa legitimidad de los últimos prelados del obispado-priorato de San Marcos de León, del que era entonces gobernador Maesso. También hemos de hacer constar que en el mismo periódico y por alguien que firma como nota de un ignorante, se nos informa que esa retractación del acusador Doncel está hecha por temor al destierro y otras penalidades, y que le fueron dictadas materialmente. ¡Qué habíamos de esperar de un siglo donde se desfoga toda la intolerancia educada de antes, que se desangra en guerras civiles, dicen, por los derechos de un trono que es primer culpable de toda esa destrucción! Parece que esa lucha se trasladó a otros órdenes de la vida social, religiosa y privada. La revancha y el resentimiento intolerable son patrimonio exclusivo español, hoy y ayer.
Sea como fuere el hecho es que, por cuestión un poco latosa de pormenorizar, se acordó, por parte del Papa de Roma, abolir los territorios eclesiásticos administrados por las órdenes militares y que sus parroquias se distribuyeran entre los obispados más próximos; pero resulta que el gobernador Maesso, hombre apasionado donde los haya, se opone tozudamente frente a Roma y Madrid, que por su ineptitud han permitido el desaguisado y, con él, una parte del clero y casi todo el pueblo. Y no sólo en Llerena, sino en Mérida, Azuaga, Alange, etc. La autoridad civil apoya a Maesso. Estamos en plena euforia revolucionaria y republicana en nuestro siglo XIX. Los denigradores del cisma llegan a decir que Maesso impetra auxilio del alcalde popular de Llerena y que desde Madrid envían un clérigo liberal que levanta a las masas y al pueblo (que ya era hora, decimos, aunque fuese para desperezarse). En fin, que Maesso es declarado incluso en pena de excomunión por negarse a entregar sellos, libros y objetos existentes en su gobierno eclesiástico, y negándose a la entrega y reconocimiento del obispo de Badajoz como prelado y su insistencia en seguir ejerciendo sus funciones.
Duró el cisma, protegido por los municipios y los jueces de primera instancia (no olvidar que Maesso era doctor en jurisprudencia) y por la situación política reinante, desde mediados de 1873 hasta el año 1875, poco después del golpe del general Pavía y de instaurarse la monarquía del bisabuelo de Juan Carlos I.
El clero cismático, pues declararse en cisma no es otra cosa que la negación de la obediencia debida al romano pontífice, en materia de disciplina, no de doctrina, se retractó.
Por lo que respecta al pueblo de Llerena, y de Azuaga y de Mérida, es indudable que si apoyó el cisma no lo haría pensando en aspectos religiosos ni jurídicos, y menos nacionalistas de esta cuestión, aunque algo habría en aquella euforia de una república federal y cantonalista, donde el pueblo dio rienda suelta a su hartera de uniformismo y unidad desde Madrid; pero también lo hizo considerando que la importancia de su ciudad, ya muy mermada, se vendría abajo al quedar incorporada a la diócesis de Badajoz y perder la capitalidad jurisdiccional, después de siglos, que poseía. Indudablemente fue a peor, hasta casi el olvido, merced a esta puntillada de Roma y Madrid, una de las muchas que se han cernido sobre el toro contra la barrera y moribundo, bravo, de Extremadura.
Respecto al jefe del cisma, el gobernador Maesso, había que decir que su actitud fue de verdadera obcecación frente a una partida jugada con Roma y Madrid, que estaba perdida de antemano, hoy como ayer. Desmesurada pasión por el priorato, en el que había nacido y que había servido toda su vida sacerdotal. Su rebeldía está así explicada, aunque no justificada, dice algún tendencioso erudito. Fiel al pueblo, pues para hacer frente a poderosos enemigos, que cuentan con legiones de mercenarios del terror espiritual y del otro, se necesita entereza y no mera defensa de intereses personales.
Para enjuiciar su figura se precisa estudio más a fondo de su biografía, que se hará, y quizás acometa yo mismo un día. Otro gallo cantara si el tal Maesso hubiese nacido en la Corte y no en lo que se considera el trasero del mundo. Figuras así lo merecen y no los que apuestan siempre por caballos ganadores y con malas artes.
Estos escritos, mitad diario y mitad reflexión sobre cosas de la vida y de la historia, de su situación y de su ámbito, me fueron entregados por alguien que ya no vive. Al hacerlo me pidió silencio sobre ellos. Pero pasado el tiempo creo no faltar a la memoria del muerto, ni a ninguna otra, si los publico. Nunca le pregunté a esa persona que me los entregó dónde y cómo los halló, llevándose el secreto a la tumba. Puede que el día del juicio los curiosos en saberlo satisfagan su interés de sabiduría, al tener la oportunidad, mientras hacen cola ante el tribunal divino, por esas razones que se nos escapan.
Sus estudiosos acuerdan que Maesso se retractó, hizo ejercicios espirituales y murió santamente. Desde luego para 1888 aún parece que no lo había hecho, pertinaz en su cisma, y solo como los vindicadores de las grandes causas, siempre perdidas para mal de la humanidad.
De destacar la enorme cultura de nuestro cismático, que no todos los pueblos lo tienen, y su alucinante relación epistolar con Julio Verne, que a la sazón contaba con sesenta años y del que este año se celebra el 160 aniversario del nacimiento.

TEXTOS DE MAESSO
Si para mejor dominar a un país, a un pueblo, lo indicado es destruirlo, según lo dijo el malvado, el sapo de Maquiavelo, esta terrible máxima, en su justo cumplimiento, sería darlo sentirla a mi generación, nuestra generación y en mi propia carne (1). Y es por ello por lo que quiero dejar en estos escritos, que posteriormente confiaré a T (2), mi escrupuloso testimonio. Porque en otros lugares más afortunados que el nuestro, los escritores de cada periodo dejaron abierto y abonado el camino para la historia. Pero ha sido tal la clase de tiranía que nuestros escritores han padecido durante siglos, sometidos a las acechanzas del poder real y de la no menos maligna Inquisición (3), que ha impedido no sólo que aparecieran relaciones escritas por autores testigos de los acontecimientos, cuyas revelaciones y sana crítica sirvieran de correctivo al servilismo y adulación a los llamados cronistas e historiadores, sino que ha hecho posible que esos mercenarios de la pluma a sueldo mintieran descaradamente y sin ninguna clase de miramientos a la posteridad. Total, ellos ya no iban a estar...
Siempre se ha sabido que toda autobiografía encierra una justificación de uno mismo, y yo no intentaré eludir esos elogios o aquellos ataques que fueron en la mía, aunque naden en favor de la corriente, y afrontaré las cosas tal y como fueron y no tal y como debieron haber sido.
Soy hombre del siglo XIX, y milito en las filas del liberalismo en su más amplio concepto. He practicado pues un amor candoroso e ingenuo por el progreso. Porque hubo una proterva prole de españoles que en esta centuria ha participado de un entusiasmo sin límites en el porvenir del género humano. He sufrido el drama de ser un liberal en una tierra como la nuestra, por ser rara avis, y mi espíritu de rancio intelectual me arrastró.
Hoy precisamente, a un mes de un hecho benévolo para el género humano (4), salgo a pasear en la siesta, cuando todo en pleno día se aletarga. Camino cabizbajo por tortuosas y armónicas calles hacia el templo mayor de la ciudad.
Llerena es ciudad pajarera. Quiero decir que en sus cielos vuelan las más varias especies de aves, alegrando la vista y los sentidos. Es algo que conmueve y es cotidiano el continuo canto de pájaros en la primavera en todo el ámbito de la población. Nosotros, sus habitantes, al estar acostumbrados a esa polisonora música de pajarería, lo consideramos normal y no lo echamos en cuenta. Es espectáculo especialmente grandioso, en el estío, el amanecer en el cielo de Llerena: cientos de vuelos de cientos de vencejos y otros pajarillos lo sobrevuelan en un misterioso silencio pujante, mientras la luz del nuevo día va tomando posesión de su ámbito y espacios. Tengo grabada mi visión de este hecho desde la plazuela del Teatro (5).
El motivo de dirigirme por calles serpentinas a la Granada es por mi deseo de no encontrar a nadie a esta hora reflexiva, mientras la noble, leal y antigua grey ciudadana duerme la siesta. Aunque sería raro ver ahora a algún indígena ya que se hayan en ese resuello mortal del pueblo castizo y español...
Ciudad con historia y hambre, o sea, dos veces desgraciada, como dirá el sabio. Y heme aquí en esta dura situación mezquina postrada, y en esta edad avanzada. Así me condenan los poderes de Madrid y Roma. A mayor cacumen mayor desamparo y la inteligencia sólo granjea desdichas. Allá donde surja un genio se le conoce porque todos los necios se conjuran contra él. En esas desgracias y en ese desamparo es donde se nos da la sabiduría salomónica, no como don sino como conquista dura y bien pagada, insobornable, intransferible y poco útil ya.
Echo a volar la imaginación y transciendo todo en ese vuelo, como esas palomas de la torre en este claro día y luminoso de verano y a esta alta hora de sol. En situación de vuelo, de libertad cavilante y con esa sapiencia del dolor y del fracaso veo claras las mentes, los animales y las cosas: el mundo.
Por concretar simbólicamente pienso en Madrid y Roma. Sí, el Estado y la Iglesia, el Papa y el Rey, el papado y la monarquía han sido mis verdugos. Y cuando uno los tiene enfrente, aunados, está perdido. Bueno, se me ocurre pensar, anhelando, que si lo chinos invadieran esto que llaman Europa no volvería a pasar más. Este peligro amarillo se predice por parte de un autor polaco y esa es mi oculta creencia y esperanza de libertad. Pero tendría que ocurrir rápido y, a estas alturas, no solucionaría ya mi mal. Es elucubración producto de mi vejez y de su merma, quizás producto de ese sol que me achicharró la mollera. Siempre fui de la opinión de que en el fresco se piensa mejor y más sosegado y sin tanta calentura. Y esto lo escribo ahora, en la tranquilidad de este póstumo aposento, ya que en tales divagaciones brujuleó mi cacumen en este día que acabó.
Se estaba fresco ante la pila, y más si esta tenía agua bendita. Capilla del prior, mi capilla usurpada por la bellaquería.
Pero no es mi historia sólo. Todo empezó con esos reyes caóticos a los que entró el mal demonio de unificar la península, uniformarla a base de la intolerancia suya que nos corroe ya para siempre jamás, hacerla una y desmochar y perseguir y destrozar y quemar, negar y abolir, marginar y expulsar a todo lo que fuese distinto, diverso, diferente, otro. Esa ha sido la feroz y sanguinaria guía de lo que llaman España por los siglos de los siglos. Y, ya hubiese gobierno electo del pueblo o no, jamás se gobierna sino que se manda, persiguiendo a lo distinto. Una sola religión primero, unos solos comportamientos sociales después; y allá persiguen a gitanos por su nomadeo libre, y allá marchan los hebreos, y luego tantos exilios sangrados del solar peninsular por la saña exclusivista, sectaria de tanto mandamás enfermo como hemos tenido, tenemos y tendremos. Unificación política, que es lo que me toca de cerca, según los más puros cánones de las ratas teóricas a las que nadie hizo mayor caso; pero que acá tuvieron sus más fieles seguidores en lo de meter en horma a la vida y a las personas. Ratas teóricas y uniformadoras renacentistas (6), aquellos maquiavelos sin entrañas, de oscura y dudosa humanidad. Hoy como ayer: dime lo que predicas y te diré de lo que careces. Aquellos tenían la desfachatez de llamarse humanistas, siendo lobos sanguinarios, teóricos del poder y la opresión, de autoridad, de palo y tentetieso, de las razones de Estado que son los crímenes más horrendos contra la humanidad y su dignidad. Y todo para que emergiera ese monstruo que hoy corroe nuestra vida y nuestros hígados: eso que llaman Estado y sus criminales razones de existencia por encima de todas las razones y de lo humano, impuesto y pisoteando igualdades, fraternidades y libertades, que tan caras me son (7).
Sus sinrazones hunden sus torvas raíces en estos teóricos del humanismo renacentista.
En fin, tanta estupidez humana en estos tiempos parece imposible, e incluso lo que pienso me parece un mal sueño, una pesadilla en aquella capilla del Prior, en esa hora de siesta y en aquel fresco de azulejos del Pisano, donde un caballero santiaguista, como yo, ondea y blande su espada sanguinolenta montado en blanco caballo, mientras esparcidas cabezas separadas de cuerpos de enemigos infieles, yacen por las suelos. He ahí la barbarie, sí; pero más redenta que la del Estado de los caóticos reyes que subyugaron todo a sus fines: su monarquía tan una, y su Estado. Así, Roma, como siempre, va perdida desde el edicto de Milán en el año 313, permitió que los poderes, que perseguían y mataban, se cristianizaran, que secuestraran lo cristiano; esa Roma papal que se transformó en imitativa del odioso imperio romano, verdugo de los seguidores de Cristo, empeñados en derribar aquel imperio por la fuerza de la fe, vieron pasmados como esa fe levantaba otro imperio. El imperio que hoy me condena a mí y me excomulga. Y ese imperio de Roma apoya y otorga poder a Isabel y Fernando para usurpar el maestrazgo, en el siglo XV; y desde entonces atan corto los bienes santiaguistas y hacen y deshacen con la más impune de las injusticias. Y luego todos los reyes posteriores, hasta esta edad mía en que se colma el vaso y soy precipitado a lo hondo de un precipicio donde los poderes arrojan a quien les reta. ¿Hasta cuándo?
Heme aquí: soy su última víctima, herida de muerte por otra Isabel a la que aconsejan los más peligrosos meapilas del cristianismo oficial y estatista de Roma, que todo hay que diferenciarlo.
Por eso cada día me reafirmo más en las catacumbas, en esta comunidad de creyentes y constructores (8) que es como la vida de los primeros cristianos, un grupo de gentes iluminadas que se presenta con ideas totalmente revolucionarias y críticas, en una Roma acosada –tal esta época- por la destrucción moral y física-. Nadie se ha preocupado por indagar y reconstruir esta vida de los primeros cristianos. Imagino que es consecuencia de la tremenda politización en la que vivieron los pioneros del catolicismo, unos hombres empeñados en construir una casa común, libre, fraterna, igual.
Recuerdo a la edad en que yo tenía catorce años, y hallándome en la población de Berlanga, distante pocas leguas de estos cielos que me ven, como vi a un hombre admirado por mí, el general Rafael del Riego, asesinado en la Plaza de la Cebada, de Madrid, por la ignorancia del pueblo español y la soberbia estúpida de los Borbones. Tengo en la memoria a ese mártir y combatiré siempre y en todo lugar a sus tres asesinos: la Ignorancia, el Fanatismo y la Tiranía. En Berlanga proclamó la Constitución de 1812, en la que tanto trabajaron inteligentes extremeños para dotar al pueblo español de un instrumento de gobierno democrático. Para mí fue emocionante el discurso de aquel hombre, lleno de sudor y polvo, desde un balcón del Concejo Municipal berlangueño (9). Era tanto su énfasis en predicar la libertad y la dignidad de los hombres, que para mí fue mi nacimiento a una nueva vida. También recuerdo que algunos soldados de su columna, y entre el griterío, lanzaban vivas a la República, cosa que no dejó de interesarme hasta enterarme de qué significaba aquello.
Al releer todos estos papeles, de mis recuerdos, no dejo de tener una profunda sensación de amargura y sentir que estoy dando voces en el desierto y a sordos, en mi oscura voz provinciana. Dedico el tiempo, que me permiten mis achaques, en escribir estas reflexiones que acabarán perdiéndose de la memoria de los hombres. Son mis ocios, y digo ocios porque he aprendido que en este país se considera que el escritor es un ocioso que a las maneras de perder el tiempo usuales, en los vagos naturales, añade la de escribir. ¡Cómo recuerdo a ese pobre diablo que en otra época más feliz fue amigo mío! A don Eutimio de Torres, autor de ese ingente y voluminoso trabajo titulado La autopsia de don Quijote. Después de extrañas y largas peripecias terminó loco, o lo terminaron, que es más verdad. Y todo comenzó con dejar su trabajo en la diputación donde trabajaba y ponerse a buscar unos papeles de lo que él llamó la autopsia original de don Quijote. Así recorrió gran parte de la península hispana y parte del sur de Francia, gastando una enorme fortuna propia y del mecenazgo del presidente de la diputación en que era mero chupatintas. Y todo para redactar un tratado doctoral sobre sus indagaciones de tan peregrino tema. Sería de interés general que recogiera algún día toda la aventura del proceso; pero ahora no me hallo con ánimos. Y nadie, como yo, posee datos y cartas largas, informes tremendos, luengos y de mucho interés en donde don Eutimio me narra, de pintoresca manera, sus hazañas en pos de las fuentes (de su trabajo e investigación en la busca de los documentos de la autopsia de don Quijote…). Ahí están para que algún día las hile y les dé coherencia narrativa precisa. Pero también me encuentro sin fuerzas para ello y quizás me lleve el secreto de don Eutimio de Torres a mi tumba (10).”

CARTA DE JULIO VE RNE (11)
París, marzo de 1888
Mi querido amigo Maesso:
Bien es verdad que he dicho alguna vez que hay que leerme y no interrogarme. Pero, dado que usted es un avezado lector aprovechado de mi obra, le contesto a su escueto planteamiento sobre mi interés por las islas. Interés que usted moteja de obsesión. No le niego.
Bien tengo ganada fama de celoso guardián de mi intimidad y de mis ideas, por ello permitirá, caballero, que sea escueto, impreciso y preciso a un tiempo, si me permite la contradicción. Alguien me ha definido que quiero ser como mi capitán Nemo, esto es Nadie, y tal vez lo logre, ya que hasta se duda que yo exista y atribuyen mi ingente obra a las faenas de miles de escribanos en plan industrial puestos.
Islas hubo en el tiempo en las que vivir querría. Yo no puedo ver un navío, buque de guerra, barco de carga o simple chalupa de pesca sin que todo mi ser se embarque a bordo. Yo creo que estaba hecho para ser marino, y lamento cada día que esta carrera no haya sido la mía desde mi infancia.
Usted debe saber que nací en una isla sobre el Loira. Hoy esa isla no existe
Mi sueño más profundo y libertario (12) es tener una isla autónoma y libre como el Nautilus.
Algunas noches sueño con esa isla misteriosa que se llama Utopía, donde los hombres son fraternos, iguales y libres, y de que habló Tomás Moro en su libro del mismo título.
Y es todo lo que deseo decirle por hoy mi alejado y aislado amigo español.
Un abrazo

CARTA A JULIO VERNE

Llerena, junio de 1888
Mi querido y admirado señor don Julio Verne:
Su somero escrito despeja mis dudas. Mi imaginación y la lectura entre líneas me son suficientes. Desde esta isla terrible en que me hallo, varado por la vejez, le contesto. Cierto que la isla puede significar refugio contra las acometidas de las fuerzas oceánicas; pero también es un símbolo de aislamiento, de soledad y de muerte. Por ello, a mi edad larga, le comencé con mal augurio esta carta, cargada de feroz pesimismo.
Sabrá que al lado de una isla bienaventurada siempre hay una isla maldita, en la que se producen apariciones infernales, encantamientos tormentas y peligros. La isla donde vivo tiene días de una y otros de bienaventurada. Tenemos la creencia que donde ahora no hay más que lagos salados y desiertos desnudos y desolados, existía un vasto mar interior que se extendía sobre el Asia central, en el cual se hallaba una isla de incomparable belleza, posiblemente referida al paraíso terrenal, que usted consigue con la fuerza de la ciencia y de la técnica en ese submarino, en esa nave, isla movible que merecería la pena de que existiera, que se llama Nautilus, esa isla de gozo y dicha que es nuestra isla de San Brandán (13), en estos terribles días de navegación en esta vida nuestra y en esta tormentosa época.
Atento

NOTAS
(1) Francisco Maesso nació en 1810. Reinaba Fernando VII, y en lo granado de su edad vivió bajo la castiza Isa¬bel II.
(2) No sabemos quién era T.
(3) La Inquisición ya no existía, en teoría o reconocida públicamente. Aunque quien tuvo, retuvo y guardó para la vejez. No sabemos a cual se refiere.
(4) Alude a la abolición de la esclavitud en Brasil, el 13 de mayo de 1888, último bastión esclavista del hemisferio.
(5) Ese teatro lo construyó a sus expensas un indiano venido de Méjico e instalado en Llerena. Posiblemente Maesso fue conocido de ese mecenas ultramarino y liberal.
(6) Se refiere a la creación del Estado castellano por los Reyes Católicos.
(7) Al llegar acá hemos de informar al pío lector que nuestro hombre fue, tal vez, masón y republicano federal, al decir de Menéndez Pelayo y otros sabios
(8) Se refiere a sus presuntas actividades masónicas.
(9) Efectivamente el general Rafael del Riego, el del himno de la República, recorrió con su columna gran parte de Andalucía y llegó hasta Bienvenida, en donde sus cansadas tropas se dispersaron para escapar a los realistas. En las poblaciones del recorrido el general proclamaba la constitución de 1812, la Pepa de la famosa frase ¡Viva la Pepa! Esto ocurrió en 1820.
(10) Poseemos esas cartas de Eutimio de Torres.
(11) Traducimos del francés y la de Maesso.
(12) Consultar el anarquismo de Julio Verne en el libro El desconocido julio Verne, de Miguel Salabert, el mejor traductor de la obra del escritor francés al castellano, y otros estudios.
(13) La isla de San Brandán, según la leyenda, es una isla paradisíaca que emerge de las aguas y los marinos la ven, pero jamás llegan a ella, es una visión, un espejismo marítimo. Y el que arriba a sus playas no vuelve.

2 comentos:

Antrophistoria dijo...

Muy interesante este artículo. Espero que pronto podamos ver por aquí un adelanto de esa biografía de Maesso que pretendes elaborar. Un saludo Agustín.

agustinromerobarroso@gmail.com dijo...

José Antonio: no es un artículo, es un juego, un relato, algo narrativo, literatura, en fin, un montaje que publiqué en la revista de fiestas de Llerena, allá por el año 1978, creo recordar, o el siguiente... Que ya ha llovido. Y es que me apasionó tanto la figura del tipo ese, Maesso, y el trato que le dieron los eruditos y estudiosos de la época o inmediata despúes como Menéndez Pelayo, la enorme bibliografía que encontré, consulté y leí, lo interesante del asunto de una cisma llerení de los gordos, y algunos documentos que me encontré de casualidad, como un recorte de un diario de la época, de Valencia, y un libro de registros de bautismos, bodas, defunciones y demás despachos de servicios religiosos de la parroquia de la Granada en el año de pleno cisma, y de como se asentaron en el mismo los "cismáticos" y los que no lo fueron. Que es testimonio de primera mano muy estupendo para conocer el asunto a pie de obra. Curiosamente ese documento lo "tiraron" los que supuestamente dicen que aman la historia local y todo ese cuento de subvenciones y mentiras, manejos y poses de jornadas trinkadoras, esos cronikeros y arrimaos a la lumbre calentorra de la historia de moda y carca, de bajos vuelos intelectuales y mucho rastreo al politico con mando. ¡Qué se están cargando todo lo que merecía la pena en Llerena, a pasos agigantados! Y mintiendo descaradamente y haciendo de esta hermosa ciudad un parque temático mudéjar, postizo, falso y feo, mu feo, eso sí "mudejao".
Si alguien no lo remedia estos acabarán con lo que ni el mismo franquismo acabó.
Gracias y saludos