29 de agosto de 2008

AUTOPSIA DE DON QUIJOTE





Acabo de gozar con la lectura de uno de esos libros que lo quedan a uno patidifuso, desconcertado, contento y como preso de una euforia intelectual indescriptible, que se transmite a todo nuestro ser. El libro que trato es, sin lugar a dudas, uno de los que marcan la vida, y si no exagero, la mente y formación de una persona. Aún en estos tiempos de trivialidades y superficialidades.
Bien es cierto que Cervantes, recogiendo lo escrito por Cide Hamete Benemegeli, recuerda, al final del Quijote, que la empresa de relatar las hechos, aventuras y vida de Alonso Quijano el Bueno sólo estaba guardada para el autor arábigo que él versiona y que el morisco de Toledo le traduce. Pero no dice nada sobre que se utilice o no el cadáver de don Quijote. Nada dice acerca de indagar con y en el muerto del de la triste figura.
Trata esta novela de la peripecia, engendro y desarrollo de nada menos que la autopsia de don Quijote, hecha ocultamente después de su muerte, por ese médico que en el último capítulo de la novela fue del parecer que melancolías y desabrimientos le acababan, y que fue conocedor del padre de Miguel de Cervantes, también médico. Es un alarde imaginativo y creativo de largos alcances y elevados vuelos místicos e irónicos. Sabido es la peligrosidad de hacer este tipo de operaciones con los cadáveres de la época: la Inquisición acechaba tras todo médico, tras todo físico o estudioso de la anatomía y del cuerpo humano que manipulaba o viviseccionaba. Se tenía que hacer a hurtadillas. De ahí que nuestro autor, el narrador de este ingenioso libro, tenga razones para seguir callando el lugar de la Mancha donde él hace la autopsia, que es, a la postre, donde nació don Quijote y murió.
La novela desarrolla parte de los quehaceres de un estudioso del siglo XIX tras ese precioso documento quijotesco que constituye la autopsia de don Quijote. El intelectual pretende realizar un minucioso trabajo investigador que configurará en una tesis doctoral que, a falta de medios por su parte, financia una Diputación Provincial de una provincia española, creada en su contemporaneidad. Una parte de la autopsia se hallaba entre los fondos documentales de la mencionada institución que hace de mecenas del estudioso. Adheridos a la autopsia figuran una serie de documentos manuscritos posteriores de diversas épocas. Añadidos y opiniones, glosas a los resultados de la autopsia. Por cronología figuran así: los de un escribano que halló el manuscrito, con los resultados del análisis del cadáver del muerto, Alonso Quijano, y las conclusiones a las que llegó tras observar anatomía, vísceras, músculos y demás componentes de un cuerpo muerto, por parte del médico. Esto ocurre a finales del siglo XVII. El escribano se llevó el manuscrito original a Toledo y él mismo escribió unas puntualizaciones sobre las conclusiones a las que llegó el médico. Por supuesto con gran sigilo y prudencia en el ocultamiento de aquellos papeles por la opresión inquisitorial, social y de miseria mental de aquellos tiempos. Pasa el tiempo y, casualmente, un caballero ilustrado del siglo XVIII tropieza con estos escritos, que a su vez pasan a un afrancesado, al birlarlos, que se los lleva a Francia, para que una sobrina suya, liberal y feminista avant la létre, trajera a España, de regreso, hacia 1823 (con los Diez Mil Hijos de San Luis y el Conde de Angulema) hasta Cádiz. El ilustrado y el afrancesado, así como la sobrina y un anónimo francés (en su lengua) aportaron opiniones y notas sobre la documentación de la autopsia original, y los escritos y conclusiones que los diversos propietarios de los documentos fueron añadiendo a éstos. Finalmente caen en manos de nuestro investigador, que era un republicano de la Primera República española, y realiza su tesis doctoral sobre la autopsia del cadáver de Alonso Quijano el Bueno, y todas las opiniones que se habían ido añadiendo a lo largo de los años por los que fueron sus propietarios. Esta tesis fue rechazada, por disparatada, por un Real Decreto y tuvo consecuencias políticas de largo alcance, pues los responsables del Gobierno de la Diputación Provincial fueron cesados en sus cargos y procesados.
Esta insólita historia se desenvuelve narrándonos simultáneamente la vida de nuestro estudioso, don Eutimio de Torres, en la elaboración, dificultades y trabajos de su labor y en la búsqueda de la parte final de la autopsia, que no se hallaba con los documentos, cuando él los encuentra. Así recorre la Mancha, Toledo, Madrid, algunas ciudades y pueblos de Francia y trajina por la capital de la provincia, cuya Diputación financia su quehacer de una alocada, peregrina y aventurera forma. Así, logra hallar los pliegos en los que están el final de la autopsia, donde se desvela uno de los misterios de los que hablan los demás comentaristas, y que es, para asombro de la posteridad, que don Quijote está circuncidado, como criptojudío heterodoxo que era o fue, y de lo que Eutimio de Torres tenía vislumbres, como le confesó a un amigo masón. Y no es lo único que sorprende de tal relato, que nos deja boquiabiertos por la gracia y el desparpajo literario con que está llevado.
Así, de sopetón, uno se encuentra, en los tiempos que corren, donde parece que la creatividad, la imaginación y la narrativa, amén de lo lúdico y humorístico hacen vías de agua en la literatura peninsular, y domina la comercialización de lo mediocre, foráneo y vacuo, que hay maravillosos autores soterrados, conminados a vivir en subterráneos con sus creaciones, en lo social y comunicativo, ellos y sus obras. Predominando una alcahueta y manida manera ramplona los tratadillos o noveluchas históricas de muy baja estofa ay mal gusto. Narradas en un estilo ramplón y poco ambicioso, aclimatado a una masa estupidizada y manipulada por esa historia que interesa al sistema para sustentarse. La Autopsia de Don Quijote está muy lejos de ser una novela histórica. Es más, supone la burla de todo ese subgénero narrativo que aloca a los más, no de la manera que los libros de caballerías, sino para peor.
Esta novela, de la que puedo decir que se imprimió en Sevilla en 1977, la adquirí en una reciente feria de libros de ocasión, atraído por el título. Creo necesario comentarla aquí toda vez que es actualidad; pero no por el dictado del consumo editorial sino por méritos propios. Su autor es un tal Rosouro Bara, gloriosamente desconocido, y es una autoedición no carente de buen gusto, buena encuadernación y una buenísimo diseño de portada. En una curiosa y aclaratoria nota se nos advierte que en la etapa supuestamente democrática que se inicia con la muerte de Franco, el autor, con la ayuda de amigos, y con un esfuerzo grande por su parte, debido a sus menguados bienes, trata de imprimir mil ejemplares de la novela que tenemos entre manos, ya que es una de esas creaciones literarias que el franquismo no permitió jamás salir a la luz. Y que, cansado de visitar editores y no queriendo pasar por los aros de los premios literarios, lanza al aire, en pocos ejemplares, a los que mereciera, con poca difusión y difícil distribución, esperanzado de que no caiga en vacío.
Espero que la nada no sumerja en sus fauces está genial narración con estos bienintencionados comentarios y que si Rosouro Bara los lee así le conste y se sienta animado, no por él, sino por la literatura y el gozo creativo y de lector. Seguro también de que todo aquél que lo leyó habrá quedado tan estupefacto y alegre cono el que esto suscribe. De esta manera se hace constar que la literatura, en nuestro tiempo, se ha vuelto un saber especializado y remoto, sectario, un mausoleo superexclusivo de santos y héroes de la palabra, que han cedido, soberbiamente, a los escritores-eunucos el enfrentamiento con el público, el mandato de la comunicación, y que se han enterrado en vida para salvar a la literatura de la ruina, pues la Autopsia de don Quijote es eso. Rosouro Bara escribe entre él y sus iguales y para ellos. Parece estar empeñado en la rigurosa tarea de la investigación verbal, en la invención de formas nuevas. Porque si lo que narra en Autopsia de don Quijote es sorprendente, no lo es menos el cómo lo hace. Ambas cosas van imbricadas. Pero en la práctica ha multiplicado las llaves y cerraduras de ese recinto donde ha encarcelado a su literatura, porque en el fondo alienta la terrible convicción de que sólo así, lejos de la promiscua confusión donde reinan, todopoderosos, los medios de comunicación masivos, la publicidad y los productos seudoartísticos de la industria editorial y de la sociedad del espectáculo, que alimentan al gran público, puede, en nuestros días, florecer, como orquídea de invernadero, clandestina, como esta novela que comento, exquisita como ella misma, preservada del encanallamiento por códigos herméticos, esequibles sólo a ciertos esforzados cofrades, una literatura auténtica de creación.
En este año de la celebración, grandilocuente y del poder establecido, de la publicación de la primera parte del Quijote, hace cuatro siglos. Escrito por un entonces irrelevante y pobrísimo señor llamado Miguel de Cervantes, amén de persona de vida un tanto extraña para la moral y usos de la época, vamos a traer a esta sección rarezas o cosillas poco trilladas sobre la obra primordial de toda literatura: Don Quijote de la Mancha. De esta forma salvaremos la cara de lo literario, de lo auténticamente creativo, de los avaros académicos de Argamasilla, de tanto barbero, cura y bachiller que pretenden secuestrar la obra y el pensamiento del libertario manco. Que se jodan, pues Miguel de Cervantes será siempre libre en sus obras. Y sobre todo creador y literato, altanero y muy dueño de sí mismo, cabal y magnánimamente irónico, con un humor y un humanismo del que lo ha visto todo, y del que tuvo que luchar bravamente para sobrevivir, en la sociedad raquítica que le tocó vivir. El Cervantes de la penuria económica, la calle, los caminos y la cárcel fue el común. Sin eso hubiese sido imposible su obra. El Quijote no se lo merecen leer las más de las gentes, que no tienen gusto ni pasión por el juego de la literatura ni por el juego de la vida: de la lengua como instrumento que reconstruye y sustenta el mundo, los mundos, de la inseguridad del camino, de los caminos no trillados…

NOTA.- Publicado en Faro de Vigo el domingo, 7 de diciembre de 1986. Luego en el portal El Pollo Urbano y finalmente revisado para su publicación en este lugar.