30 de julio de 2008

VOZ DE MUJER/LAMIA


Estaba sentado, como siempre, entre sus papeles y sus viejos libros, sentado como un muerto ante la vida. Tenía los codos apoyados en la mesa, como clavados en ella, pues sus cóndilos aguzados por la costumbre se habían vuelto semejantes a garfios. El tiempo habíase hecho enormemente denso a su alrededor, y todo cuanto le rodeaba era ya tan antiguo como su sombra.
Abrió el cuaderno y comenzó a leer. Intentaba ser un lector, no el mismo que escribió aquella historia de otra época y de otra patria y de otro sol.
El texto no le satisfacía. La idea era buena, valiosa, aprovechable, sugerente y llena de encanto, como diría alguno de esos críticos que pontifican en vez de analizar. Imaginar un encuentro entre una monja de clausura y un instructor que le enseña latín a través del locutorio por el que no se ven. Y se enamoran a pesar de. El Cantar de los Cantares resonará en sus pías almas. Más de diez borradores, algunos insomnios, varias crisis de ansiedad, lecturas inspiratorias, dos aventuras amorosas. Rompió la undécima versión o visión del cuento, del relato, de la obsesión o de la historia.


Allá por mil quinientos veintiuno, sor en una comunidad de urbe imperial. Con toda la sedosa pompa y desgarrones de coloreadas nubes con que una dama de merecimientos se va a servir a Cristo en lo sacro y toda la tez alba, muy blanca, de ojos negrísimos. Perifollo y hábitos y manos nacaradas que se asoman, en un contraste grequense que más tarde pintará, por el albor y el terciopelo de las mangas que viste. Los días tardos se suceden y un hastío, una lasitud, un agobio no llenado por el leer devoto, ni por oraciones, plegarias, cantos y renuncias, tampoco por la labor conventual, poca y alargada, consigue mitigarse: Algo más necesita, requiere su ser, se precisan llenar esos vuelos que crecen y ansían. Sus días son de afanes de todas las mentes posibles que puede adoptar. Otras cabezas de su tiempo sufren deseos de nuevas tierras, anhelos de divinos amores correspondidos. Quemazones que sobrepujan medios y circunstancias. Sed de cielos infinitos y suelos feraces de oros metafóricos y reales. La madre superiora es, tan repasada ya, tan viejecita, quien tiene enfrente. Escucha con mirada pensativa hacia la escueta mesa de libros, papeles e instrumentos de escritura que ofrece un siemprevisto panorama. Acepta su intención de aprender latín. Así colmará sus ansias indefinibles que le agolpan, galopando, el pecho. Se le facilitará alguien instruido. Tal vez el confesor acepte enseñarle desde la frontera del locutorio. No podrá verlo ni ella verle. Más que contenta, gozosa y exultante, la hermana se ausenta de la celda de la madre. Pasea lo breve de la tarde en el jardincillo solazado de lo vespertino. Horacio o Las Geórgicas virgilianas. Una jornada más y llega él que, tras la reja, se sienta y apoyado en la mesa breve despliega los papeles y los textos. Dirige la palabra a una sospecha de que ella está detrás y que le oye. Leve voz, más bien medida, de pausada, le respondió a la querella. Primera declinación y verbo sum, luego otras cuestiones de principio se acometen. Un día y otro más que se suceden. Y a él la voz de ella, antojada pura y tersa, ya vistió de forma y de figura. No la ve, sus ojos jamás otearon los de ella, ni sus manos o su cuerpo entre las ropas; mas la imagina bella, hermosa mujer de porte grácil, de labios sonrosados que pronuncian palabras que se derraman hasta el mar de sus oídos en las clases de la lengua del Lacio clásica. Lenguaje que se viste de carne y de sangre de mujer que él comulga. Su voz es ella y lo acredita, más que las meras respuestas, la simple consulta a las cuestiones de estudio, más que la traducción mediocre de un pasaje de César o Tito Livio. Su voz, urbe condita, que saca de escondrijo en su magín. Fonación encarnada que emite algo más, un misterio, un no se sabe qué tras las frases pronunciadas. Ella dice lo que no dice, insinúa un mensaje en su lengua y comienza un martilleo en el cerebro, de la misma onda que el ama que le sirvió de joven, aunque es otra cosa infinitamente feroz, agudizada, de gozo que aterra. Carraspea, da por finiquita la jornada y sale, revuelo de manteo, sonar del calzado en los suelos, las calles. Cascabeleo de chiquillería y cantos procaces y benditos de un ciego a la puerta de la iglesia, un carro que sortea la calle con estruendo en los cantos del empedrado, chirrían sus maderas. Nada, ningún ruido mundanal deshace la impresión del acento de su voz. El maestro pensativo se aleja, con los ecos de ella, como olas que arropan, mantas sonoras, sus oídos que son playas de remanso de las palabras de ella, que le suben desde la garganta al centro de la mente, clavándole en los más hondo del alma. Y si recuerda gratos paisajes que vivió en su juventud norteña, son parejos a la palabra certera y tierna de ella misma quien describe los montes, bosques, sotos y verdes, riachuelos riéndose en primaveras, con contenido jolgorio por la clausura y sus respetos. Es el amor quien lo vuela. Preceptor de latín de monjas, enamorado de su voz, de la voz tras el torno. De una voz prendido. Reclamo que procede descifrar tras la insufrible tramoya parlanchina, cada día más, de lecciones. ¿Qué dice ella y qué calla? ¿Expresa que le ama? Acaso un desquicio acomete al preceptor que elucubra un amor en los matices de la voz de su discípula, en los ruidos de los pliegues del vestido al otro lado. Amorío que cada sol aumenta, se remonta a los cielos que son ya altos. Y un año va pasado desde que comenzó la enseñanza. Procura pasajes, de la lengua latina, que nombren idilios. Ya las notas de las palabras de ella están claras. Por sello, índole y natural responden tono enamorado. Sus años de confesor le dejan adivinar lo falso de lo cierto, el ruido de las nueces. Y el deseo aflora tanto al habla y es tanto el son, que los poemas amorosos están escritos en los vocablos más legos de amor; pero pronunciación les da sus contenidos. Todo es analógico, metáfora, alegoría gozosa del todo amor. La voz, la voz tras las rejas, le vuelve loco de amor, en cárcel de amor prendido. No duerme y todo es esperar a dar la clase de latín que se prolonga. El mundo, el universo, el cosmos todo se agolpa y gira en torno a un lugar que es el locutorio de un convento de la ciudad imperial. Todos los mundos le voltean furiosos vórtices, y emanan la música de las esferas, y esa música, que sólo escuchan los enamorados ciertos, es la de una voz, verbo amorosamente inflamado de amor. Femenino principio y término. Tras el monótono fluir de enseñanzas y traducciones, conceptos gramáticos, corre parejo, remembrado, otro diálogo de amor, basado en tonos, matices, y en adivinanzas tras lo hablado, tras lo oído, plus ultra de lo dicho.




Estaba sentado. Esta vez no apoyaba los codos en la mesa. No podía seguir escribiendo aquella historia tan imposible, tan intermitente, tan dudosa. No podía cerrar la puerta a aquel desierto de palabras que narraban un dilema de amor entre un preceptor y su alumna. Deseos, deseos y deseos por todos lados. Tenía que marcarse meta, dar el salto, hacer palpable, fuera de las voces, el amor en aquel universo hostil de imperio y donde no se ponía el sol. Pero desde joven jugó a perder. Era un artista, un luchador con el lenguaje que huía, en abierta retirada, de la disyuntiva que estaba creando con su arte, con ese cuento, relato o lo que fuese, si no era ya obsesión pura y dura por una voz, como el preceptor, su preceptor relatado en sus obsesiones que se repetían como un hipo, como algo incansable, angustiante, aburrido.
Pasan los días como losas. Un mes se sucede a otros. Quietos, estatuados, como miles de amantes, marmóreamente, la pareja del relato sigue su diálogo didáctico y amoroso en un locutorio, ese hablar alude a otro que a amor eleva, sube y alza. Él no pudo volver a escribir más. Le fue negado un final, a su final.




Llegó el día en el que la prensa y los medios dieron la noticia de su muerte. Se le halló cadáver en su casa. Hablaban de un escritor, medianamente conocido, encontrado en su apartamento de capital provinciana. El suceso mencionaba la muerte por inanición. En el pisito se hallaron, en la más absurda de las circunstancias, todas las guías telefónicas del país, anotadas, tachadas en algunas páginas, el teléfono descolgado y en su cara una expresión de esperanza muerta.




Un mes antes, el finado recibió una llamada telefónica. Descolgó el aparato y era ella. Su voz resultó bien conocida y bienamada. Preguntó algo y él no contestaba de pasmado, anudada la garganta. Era ella tras el locutorio, recordándole caricias, gratos paisajes vividos en su juventud norteña, y el amor ilimitado que le tiene. Balbuceó torpes vocablos, atragantados, y tras la reja de la distancia, al otro lado del hilo se cortó, actuó la parca, se fue la comunicación, la mujer colgó el aparato. Había sido una llamada equivocada, un error al marcar el número de teléfono del escritor perdedor y provinciano...



NOTA.- Los suspiros de una voz o de la voz. Una expresión curiosa ocurrida el día 11 de julio de 2003, para ir matizando este cuento, de tantos años, para ir puliéndolo.... Lo entrego esta noche aquí al lector impunemente, luego de la enésima versión...

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