29 de marzo de 2008

VÍCTIMAS HEGELIANAS DEL TERROR


Quevedo

Me gustan los que no tratan de hacer un paraíso con sangre ajena.
Fernando Aramburu

Mientras escribo esto, o reescribo para esta entrada, escucho a La Bullonera, en su primer disco, en los años setenta, reeditado luego. Supongo que Fernando lo escucharía cuando estudiaba filología en la capital maña, supongo. Es pena que desaparecieran, durante un tiempo, gente con tanta fuerza, creatividad, energía. Los he visto en directo hace como seis años, reunidos en circunstancias especiales, y en Zaragoza, y era emocionante, mucho. Pero parece que aún andan por ahí cantando, parece...

Pero bueno, digo que reescribo esto, que ha sido un comentario en el blog de José María Lama, y que, hecho rápido y para eso, pues releí lleno de erratas, y la oportunidad de traerlo como texto de entrada, ya que de Fernando Aramburu nada dije hasta en el presente, salvo la lectura, al margen, que señalo, de Bami sin sombra, su última novela. Lamento que todo venga porque el último –asimismo- libro de relatos de este autor, Los peces de la amargura, aborde su postura sobre el terrorismo etarra y sus entornos que, por cierto, está desperdigada por toda su obra, en metáfora, directa, etc. Evidentemente con la libertad y honestidad con que Fernando sabe abordar temas y asuntos. No al servicio de cualquier martingala bipartidaria. Que no pierden puntada aquellos bipartidarios en sacar tajada a costa del terror etarra. Del terror que les interesa, claro. No del terror que ellos provocan, y todo su entramado, tramas, democracias de cartón piedra, caciquismos y mandos, oficinas y cargos, poltronas y favores. Y lo dice una de sus víctimas. Y al simpatizante bipartidario que le duela, que se rasque. La verdad sólo tiene un camino, uno sólo. Y en lo que esté en mí, no pasaré ni una, para callar y darle por la jeta a todos esos, activos o pasivos, que se ufanan diciéndose de sociatas, demócratas, antiterroristas, honestos y demás autopiropos, cuando en nada se diferencian con ETA, y lo que llaman su entorno, a la hora de tratar a los que no somos de sus partías ni de sus entornos, a los que denunciamos, sin paliativos, sus caciquismos obscenos (no hay más que mirar el affaire de la refinería y el caso Gallardo), y todas sus imposturas, en la más pura tradición de la derecha y el oscurantismo interesado español, secular, de dominio, mando e imposición. ¿Qué puede haber alguien honesto? No dudo, no. Mismamente el poeta señalado en enlace; pero que aparezca y les cante las cuarenta a los suyos y se diferencie. Mientras eso no acontezca los meto en el mismo saco a todos. Como ellos hacen con los demás. Su propia medicina.

Reproduzco ahora el comentario susodicho, con las enmiendas pertinentes que tengo a bien:

Vi esta entrada recién y me dije, ¡ah!, bueno eso del premio ese en Zafra. Con todo respeto tengo que decir que no gusto de premios, más que cuando palian miserias de escritores, y no los creo válidos más que en eso y para eso. O a la obra completa de años, el trabajo contenido de años por una labor, y no como premio, sino reconocimientos, admiraciones, amores. Nadie es más que nadie.
He vuelto a entrar y he leído el único comentario… Me he ido a una estantería en la que está casi todo lo publicado por Aramburu, y leído, y comentado en algunos medios, en su momento, por mí. No por ser vasco, no por tener esta u otra postura, no, sino por ser de los pocos escritores, relativamente joven y actual, y casi el único para mí, que escribe bien, bien. Por eso. Desde Fuegos con limón (1996), novela que leí con delectación, llena de notas, comentarios, vivas y otras expresiones a lápiz con que suelo anotar lo que leo. Tengo la nota final que dice: Me da pena pues no es fácil que encuentre algo tan bueno de un autor actual. La he demorado casi un año en leer, para degustarla bien, bien, 1997, en enero... Y recuerdo los largos comentarios y consideraciones sobre esa novela, con mi amigo Luis Pamo, en nuestras peripatéticas conjuras, que esa gentuza de orden bipartidaria interpretará como conjuras batasunas, en nuestros paseos.
Desde entonces todo Aramburu me lo he leído. Desde algún artículo esporádico en El Mundo, hasta lo que vino después: Los relatos de No ser no duele (del año siguiente a la anterior novela, 1997); la magnífica novela Los ojos vacíos (2000), la subsiguiente El trompetista del Utopía (2003). De Los ojos vacíos recuerdo que se la recomendé a la amiga, paisana y política, amén de catedrática, Pilar Blanco-Morales, en una tarde pacense en que ella buscaba algo interesante que leer… Me acuerdo aún de su llamada de agradecimiento por darle a conocer un autor de tanto fuste, altura, estilo, calidad. Luego Bami sin sombra (2005), para mí genial novela, y el libro de relatos, segundo, Los peces de la amargura, por el que lo premiaron en Zafra. Y el que ha llamado la atención de alguna gente, más atenta al qué que al cómo de la creación. A sus qués, claro. Y ya me extrañó mucho, pues no era su primer ni es su mejor libro. Pero como todo premio no tiene como esencial la calidad, sino alguna faceta política y social, personal o de favor, o alguna cosa como uso y utilidad, pues eso. Sea dicho con respeto a todos los usos y abusos con al arte, que bien están en su derecho los premiadores. Más se da en el bingo.

Y como siempre que un autor u obra me subyubgan, buceo al fondo, pues no puedo olvidar el título de Juan Manuel Díaz de Guereñu: CLOC – Historias de Arte y Desarte (1978-1981) (1999). Un estupendo y esclarecedor estudio del grupo juvenil al que Fernando Aramburu perteneció allá en sus años mozos en su San Sebastián nativo: El grupo CLOC de Arte y Desarte nació en el barrio del Antiguo de San Sebastián en 1978, en una época violenta, inestable y desconcertada. Fue concebido en marzo, al tiempo que tenían lugar las manifestaciones contra la central nuclear de Lemóniz y estallaba una bomba en la obra. Vendió el primer número de su revista en junio, cuando se aprobaba la Ley Antiterrorista. Convivió con atentados incontrolables y con los sanfermines suspendidos, con el referéndum constitucional y con la revolución sandinista, con el Consejo General Vasco y con el golpe de Tejero. Y, entre tanto descalabro y desvarío, decidió añadir al tumulto poesía, humor e irreverencia, y proponer una cultura diferente.
Sus fundadores, jóvenes estudiantes entonces, lo alimentaron con sobresaltos, bromas y provocaciones, que desconcertaron las maneras usuales en el mundillo cultural. Y lo enterraron cuando pensaron que ya no les servía para hacer desarte o para desarrollar sus propias obras.
Este libro narra las andanzas de CLOC y analiza sus gestos y sus grafismos. Acompaña a la exposición que sobre el grupo organiza el Koldo Mitxelena Kulturunea, dos décadas después de sus alborotos
, se dice en la contraportada de la edición que manejo, de Ediciones Hiperión, (1999).
Y esa es la somera guía de perplejos para conocer a Fernando, a partir de ese grupo CLOC. Prácticamente su primera novela, Fuegos con limón es un recuerdo, una crónica de ese grupo como, digamos, contenido y tema; que lo que interesa es como lo hace, la mera forma narrativa, no lo que cuenta, que eso importa un bledo a paladares con gusto y talento. Pero si abundamos en temas, contenidos, allá se burla de todo lo divino y humano, critica desde ETA hasta los antiETA, y da fe de la barbarie, como no, de los miedos, ignorancias, odios. Pero, redundo, en los buenos escritores es la forma, el modo, la manera como lo hacen, importa un rábano que escriban sobre las berzas en invierno que sobre las cárceles en la guerra del Peloponeso o 1937 en España… Para ellos lo importante, y para los que tenemos paladares, es hacerlo bien, con creatividad, que no es fácil. Y requiere trabajo, entrega, amor, devoción a la letra y su cultivo. Lo otro lo puede hacer cualquier experto de la mejor forma.

Y hasta aquí la breve reseña de mi conocimientos del autor, sin olvidar El artista y su cadáver, ensayo, o alguna obra para público infantil o juvenil que he leído a vuelapluma. Experto como soy en autores de calidad y alejados del mercado, la fama y el capital, castrantes de lo bello, de la creación, de lo bueno; de los premios como expresión de todo eso castrador, en el medio literario y ajenos al mismo.

ETA no es ajena en la obra de Aramburu. Ni ETA ni su uso, sus usos y abusos. Por unos y por otros. Que de eso nadie parla, ni los bipartidarios interesados en todo. El dolor, el miedo, la impotencia ante ETA y sus usuarios mantenedores, sus consecuencias bien aprovechadas por los que mandan, en el aparentemente diverso lado de ETA, para su utilización en ahormar la libertad y la vida, la acción política e incluso para hacer sus negocios de seguridad con el miedo, el odio, la ignorancia que el affaire ETA conlleva, que el terrorismo es un gran negocio moderno. Que ETA es un buen activo para cargarse a enemigos políticos, con acusarles que son de la misma, o andan en entendimientos. Como fue mi caso. Y recuerdo, no sé porqué, La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, en su galimatías de caja china de utilizaciones de unos a otros y el beneficio supremo que siempre saca el poder, los poderosos, los de arriba contra los de abajo.
Yo he sido víctima de ETA, y asimismo víctima de los contraETA, que usaron de ETA para intentar anularme social, política, profesionalmente y como persona común con una infamia aparecida en el diario HOY en agosto de 1996, en forma de carta al director acusándome de etarra, mataniños, ponebombas, de forma arbitraria y tendenciosa, firmada por jerarca de partido en mando en Extremadura, y luego ratificada en toda su jerarquía, a la que recurrí para subsanar el horror y el error, con toda impunidad hasta la fecha, pese a la denuncia ante instancias judiciales, de Defensor del Pueblo, fiscalía… He sido víctima del uso hegeliano de ETA, o sea, por su tesis y su antítesis, lo cual es ser toda la víctima, que eso somos los de abajo, todos y toda víctima. Y quien no entienda esto que lo dé a leer a Gonzalo Hidalgo Bayal (GHB), el listillo puesto en filosofías, el empollón bipar, y lo desvele. Que cuando los utilitarios antiETA actúan, lo hacen con impunidad y arropo de todo el entramado estatal, todo el entramado del terror del mando, del poder. Bien lo sé, bien.
Y fueron los antiETA, que usan a ETA en este sur, o la usaron, para demonizar a personas, asociaciones, partidos, ante la callada cómplice por respuesta de tanto intelectuá, tanto político de garrafón, tanta ignorancia, miedo, desidia, odio, e interés partidista, o bipartidista, que ahí los Dos Únicos están a partir piñones fijos, con su ETA tan útil. Tanto culturatiado. Que se lo digan sino a muchas personas de colectivos andaluces que les pasó algo similar a mí, acusados de ser etarras…, cuando no esa sospecha cicatera que sobre cierta parte de IU ha recaído para mermarla electoralemte. Aun recuerdo, ¡oh memoria histórica!, aquellos gloriosos tiempos en los que el psoe y el pp, en comandita, hicieron un pacto antiterrorista y estatal, del que excluyeron a todos, pa chulearse la cosa etarra y sus rentas electoreras, especialmente a IU, por sus connivencias -decían con mala baba infamante e impune, quitavotos- con el entorno etarra, y eso está en las hemerotecas, dicho por personal de mando en el partido, y por sus perros ladradores virreinales en Extremadura, vulgo Ibarras boys, o prevaraboys. Y se ha usado, de forma larvada y soterrada, pero hiriendo como el ácido, desde todos los medios bipartidarios, que son casi todos los medios que hay de propaganda y publicidad, llamados de información, dicen. Y a veces una sospecha infundada y infame es peor que la muerte. Y aquí todo será callar y otorgar por los alegres comentaristas, dicharacheros y muy sensibles con gente hostigada o maltratada hace 70 años, y lo digo por los de la memoria histórica oficial y académica, injustamente, o cien, y muda con las que lo son en el presente, que somos.

Son las rentas y consecuencias de ETA, que algún día las sabremos a la luz.
Por ello me llega la carta de Aramburu, leída en el blog de Lama, cerca, me toca la fibra y me escuece el alma, como a pocos de los que la leen. Y comprendo el silencio de comentarios en esa entrada, si no es para zaherir al que se atreva a decir ciertas verdades, que en ello, y en la apuesta por una obra digna, de calidad, trabajada, certera, en hacer literatura fuera de temas manidos, caminos trillados, oportunismos de modas o temáticas manidas, estoy con Fernando Aramburu. No sólo en eso, sino en su confesada acracia: En lo que respecta a cuál es mi país, lo cierto es que no les profeso apego a las pasiones colectivas. Llevo pasaporte por razones prácticas. Soy poco propenso a la costumbre de catalogar a mis congéneres por parcelas de tierra comprendidas entre fronteras. Su patria es el mundo y su tierra la libertad, o viceversa.

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