30 de octubre de 2007

EL ALTO VUELO DEL GATO


DIARIO HOY

Sábado, 9 de julio de 2005

SOCIEDAD

CRÍTICA LITERARIA

También vuelan los gatos

MANUEL PECELLÍN LANCHARRO

Agustín, llerenense de nacimiento y cosmopolita por vocación, licenciado en filología española, es un personaje singularísimo, capaz de soprendernos con dedicaciones múltiples, donde derrocha cultura, humor y espíritu libertario. Tiene publicadas obras de poesía, novelas y ensayo. Fundó y dirige junto a Manuel Martín Burgueño una de las revistas más ingeniosas que conozco, Torre Túrdula. Ha creado su propio sello editorial, con tres secciones: Quaderno máximo, medio y mínimo. Desde hace algún tiempo, se pueden leer sus colaboraciones en elpollourbano.net, un periódico digital de orientación ácrata.

Quien haya seguido la trayectoria literaria de Agustín, encontrará en El alto vuelo del gato un perfecto resumen del microcosmos por donde gusta moverse su autor: la crítica contra los poderes establecidos - económico, cultural, religioso, político- y cuantos lo sostienen; el repudio de los escritores paniaguados, cómplices por acción u omisión; búsqueda de nuevos horizontes, utópicos pero no imposibles; sentido lúdico; provocaciones descaradas frente a las conciencias dormidas; ruptura de los cánones impuestos y, sobre todo, pasión por el lenguaje.

Para dar cauce a este aluvión poético, que Agustín entronca con la veta más brava de la literatura española, ha elegido la décima, de las que su nueva obra ofrece cuatro centenares. En un inteligente preliminar, él mismo explica que la adopta como forma de tradición burlesca, con cultivadores tan formidables como Góngora, Villamediana o Francisco de la Torre. Aunque su gran maestro es sin duda Quevedo. Y es que, según el autor llerenense, «un poeta y su poesía deben despertar, arder, levantar sentimientos, conmociones, emotividades, pasiones, sensaciones, impresiones, emociones, percepciones, evocaciones, disposiciones, temples y estados de ánimos, pensamientos, fuegos e incluso arañazos gatunos en los otros, sus lectores, que son otros poetas, al leerle».

A dicha finalidad subordina él todo el discurso lírico, permitiéndose cuantas licencias e incluso transgresiones juzga eficaces y que los estetas más puristas no le perdonarán. Agustín lo sabe y se ríe, considerando tal vez producto de prejuicios pequeñoburgueses ante los que no está dispuesto a transigir. Con todo, es fácil ver hasta dónde llega su maestría en el dominio de las formas métricas cuando, en su afán de provocación, no las rompe conscientemente y escribe décimas que suscribiría el más inspirado de nuestros poetas. Y siempre, por encima de cualquier consideración, sobresale en el libro una capacidad lingüística fuera de lo común, un extraordinario dominio de las palabras, que nos abruma, sin dejar de divertir.

NOTA.- Apareció esta reseña de mi libro El alto vuelo del gato, en su momento, y ésta sólo en Extremadura. Muy de agradecer al amigo Manolo Pecellín, y la reproduzco aquí para mostrar ese agradecimiento, ante tanto silencio de los otros, los oficiales e institucionales críticos... Y para conocimiento y recuerdo general a los visitantes. Hay en otros sitios...

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